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Aniversario de la muerte de Carlos Gardel

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En junio de 1935, Carlos Gardel y su comitiva se disponía a tomar un vuelo desde Medellín, Colombia. Conozca los pormenores de la tragedia que ocasionó la muerte del cantor.   
 
Gardel y su comitiva se hallaba en Colombia realizando una serie de actuaciones con motivo de la promoción de las películas que el cantor había filmado recientemente para la Paramount en los Estados Unidos. La gira había comenzado en Puerto Rico, para luego ir desplazándose hacia el sur, pasando por Venezuela y algunas islas del Caribe hasta llegar a Colombia. Corría el año 1935.
 
El accidente
 
Tras una serie de exitosas actuaciones, el grupo debía partir rumbo a Cali, donde les esperaba una serie de presentaciones en el teatro Isaacs de dicha ciudad. El avión en el que partirán es un F-31 perteneciente a la compañía SACO, la cual lo ha adquirido hace poco tiempo y cuyo destino es el de cubrir la ruta Bogotá-Medellín-Cali. El “ganso de hojalata” (como le llamaban por ser totalmente metálico) era un monoplano terrestre, modelo 5 –AT-B, fabricado por la Ford Motor Company-Aircraft División hacia principios del año 1929. Contaba con tres motores Pratt & Whitney de 420 caballos de fuerza cada uno y tenìa realizadas unas 8.600 horas de vuelo. El piloto es el capitán norteamericano Stanley B. Harvey, el cual es el encargado de llevar a los pasajeros tan solo hasta Medellín junto con su copiloto Jack Mc Myllan; a partir de allí, ocupará su lugar Samper, dueño de la compañía.
 
El avión se eleva, realiza un círculo alrededor del aeródromo y parte, realizando un vuelo sin incidentes. Una hora y media después, desciende en el aeropuerto “Holaya Herrera” de Medellín –nombre puesto en honor al último presidente de Colombia-, donde tomarán un almuerzo junto con la tripulación de la SACO.
 
A las 14 horas y 58 minutos, y tras tomarse un sinnúmero de fotos de los pasajeros, el F-31 se dispone a partir. Los tanques del motor han sido llenados de combustible, y el avión ya está listo cuando surge un inconveniente. “El gerente del aeródromo de Medellín habló con el piloto Samper –relata Aguilar, guitarrista de Gardel-, debía cargar 12 tambores de películas. Le manifestó Samper que no quedaba espacio en el trimotor, y entonces se dispuso que los tambores fueran colocados debajo de los asientos de los tripulantes del avión. No se podía cargar ni un alfiler más”.
 
Grant Flynn es el aeromozo del avión. Como es la costumbre, comienza a atar a los pasajeros a sus asientos. Únicamente dos de ellos se negarán: Aguilar, quizá por superstición y Plaja, quien debe ir al baño.
 
El avión nunca llega a levantar vuelo. Tras la señal de la banderilla a cuadros para que avance, el trimotor comienza a carretear por la pista 36. Algo sucede –algunos han sugerido que la aeronave iba demasiado pesada-, y Samper no puede elevar la máquina, desviándose de su trayectoria. “Che hermano –bromearía Gardel-, este aeroplano parece un tranvía Lacroze”.
 
Julio y Jorge Uribe habían quedado en encontrarse con Henry Swartz en el aeropuerto, pues querían aprovechar el viaje de éste último junto con Gardel y su comitiva para que les llevara unos rollos de la película “Payasadas de la vida” (en la cual se desempeñaba la cantante Toña La Negra) hasta dicha ciudad, en donde serían entregadas precisamente en el teatro donde actuaría Gardel, el Isaacs. Los Uribe se despiden, quedándose a un costado de la pista para ver despegar el avión. Se fueron corriendo hacia las dependencias de la otra compañía que surcaba los aires colombianos, la SCADTA, donde les interceptaron el paso, pues en esos momentos se encontraba saliendo hacia la pista uno de sus aviones, el trimotor “Manizales” –también un F-31-, el cual se hallaba listo para realizar el vuelo 62 de regreso a Bogotá. Hans TOM, de 27 años y origen prusiano, era el piloto de la nave.
 
El banderillero autoriza al “Manizales” a acercarse a la pista de despegue. El avión comienza a moverse lentamente, hasta que el banderillero le muestra la bandera roja, señal de que debe detenerse.
 
-Oiga che, piloto, ¿dónde nos lleva?... ¿Qué le pasa? –pregunta dentro del avión de la SACO un cada vez más preocupado Gardel. El resto de los pasajeros comienza a removerse intranquilo también, viendo que un choque es inminente si el piloto no cambia de ruta. Foster, sentado al lado del piloto, pega un grito de alarma.
 
En las oficinas de la SCADTA, la preocupación comienza a cundir. “Esta no es una maniobra, pasa algo”, comenta uno de los técnicos mientras observa como el avión se acerca peligrosamente. Los Uribe se miran, asustados: el avión enfila en forma directa hacia su posición, donde además de ellos hay por lo menos otras 50 personas y gran cantidad de combustible. Desesperado, Samper realiza una maniobra de emergencia, intentando evitar el choque con los hangares, pero yendo a colisionar directamente con el otro avión, que esperaba a un costado de la pista.
 
El impacto sacude a los pasajeros, arrojándolos con fuerza hacia delante. Los que se hallan adelante de todo perecen en el acto, víctimas de la colisión y la posterior explosión; sobrevivirán al impacto únicamente aquellos que se hallan en la parte trasera del avión. “Yo oí un crujido espantoso y fui lanzado contra una de las paredes de las cabinas, al tiempo que un torrente de nafta en llamas inundaba el compartimiento de los pasajeros los que, desvanecidos, formaban un montón con los escombros y las maletas destrozadas”, recordaba Aguilar. Los aviones entran en llamas en forma inmediata, alcanzando un radio de 40 metros a la redonda. A pesar de la rapidez de los hechos, muchos de los testigos asegurarán haber escuchado gritos provenientes del interior de los aparatos.
 
Otro de los sobrevivientes será Flynn. Se hallaba de pie dentro de la aeronave, y como por aquel entonces no contaban dichas máquinas con cabina separada para el piloto, la vista de los pasajeros hacia el frente era total. Flynn, al observar la inminencia de la catástrofe, se habría lanzado por la portezuela, la cual aún se hallaba abierta (como era práctica habitual en esa época). “Todo fue tan rápido que yo no alcancé a darme cuenta de lo que pasaba. Imposible precisar en qué forma se desarrolló el espantoso choque de los dos aviones: sólo conservo la impresión muy vaga, muy lejana, de personas que corrían y se morían desesperadamente dentro del aparato. Todo esto pasó en cuestión de segundos, ya que el avión viajaba a una enorme velocidad para levantarse. No logro explicarme cómo pude salir de entre los restos incendiados del avión, ni recuerdo dónde estuve después del siniestro”.
 
A las 15 horas los bomberos reciben el llamado y acuden raudos al lugar del siniestro, comandados por el teniente Henao. Mientras llegan, empleados de las compañías de aviación intentan -en vano pues los tanques repletos de gasolina habían entrado en ignición- apagar el fuego con arena y agua. El público que se había agolpado en el aeropuerto para despedir a Gardel, corre desesperado hacia la pista, intentando realizar un desesperado rescate. Será necesario enviar tropas del ejército para lograr separar a los curiosos del lugar del accidente. En tanto, en el interior del avión, los pasajeros luchan por sus vidas. “El fuego lo envolvía todo, todo –prosigue Aguilar-; yo huía de entre las llamas para la parte trasera del avión y al llegar a la cola del aeroplano con las manos y los codos conseguí romper los cristales de una ventanilla; el traje me ardía completamente y con horror sentí que el cabello se me iba chamuscando”. Además del guitarrista lograrán saltar por la abertura Alfonso Azaff, Riverol y Flynn. Plaja también logrará ser sacado con vida del aparato. Pocos minutos después, los heridos son trasladados a la policlínica municipal y luego a la Clínica La Merced.
 
El choque ha sido tan frontal y fulminante que el ala derecha del F-31 ha quedado enlazada a la izquierda del “Manizales”, pero invertidas las posiciones de ambas. En cuanto a los sobrevivientes, el rápido diagnóstico es desalentador: Azaff tiene diversas fracturas y quemaduras graves; Plaja ha sufrido quemaduras de primer grado en la cara, los brazos y las piernas; Aguilar otro tanto; Riverol, el más perjudicado, presenta quemaduras de primer grado en todo el cuerpo.
 
Cuando media hora después pueda apagarse el fuego, la magnitud de la catástrofe quedará a la vista: quince personas muertas y cinco heridos, de los cuales dos –Azzaf y Riverol- morirán en el transcurso de los próximos días. En el “Manizales” iban siete personas: el piloto Hans U. Thom, el copiloto Hartmann Furst, el ayudante de avión Juan Castillo y los pasajeros Dr. Estanislado Zuleta Ferrer, Guillermo Escobar Vélez, Jorge Moreno Olano y Lester W. Strauss. Por su parte en el avión de la SACO viajaban trece personas: Ernesto Samper Mendoza (piloto), William Foster (copiloto), Grant Yetman Flynn (jefe de tráfico), Carlos Gardel, Alfredo Le Pera, Guillermo Barbieri, Angel D. Riverol, José M. Aguilar, José Corpas Moreno, José Plajas, Alfonso Azzaf, Henry Schwartz y Celedonio Palacios (pasajeros).
 
Únicamente sobrevivirán al accidente Flynn, Plaja y Aguilar, quedando los dos últimos con heridas y lesiones permanentes. Flynn, luego de una primera entrevista, desaparecerá rápidamente del panorama (Se sospecha que habría sido apalabrado para que no diga nada más con respecto al accidente, por las consecuencias que sus declaraciones podrían traer).
 
Aguilar será trasladado al Hospital San Vicente de Paul donde se le retirarán las vendas, pudiéndose comprobar que no había perdido la vista. Tras una larga convalescencia en la casa de la señora Pepita Olarte, podrá volver a Buenos Aires y completar su restablecimiento. Plaja, por su parte, compartiría una temporada con Aguilar en la clínica La Merced, pero luego su hermano le trasladará al Medical Center de Nueva York. “Las monjas de este gran hospital me decían que había tenido mucha suerte –relataba-, pero cuando luego vi qué había quedado de mí...Esos de los aviones no pagaron seguro ni nada. Eran otras épocas, aunque era un avión charter...”
 
La muerte de Gardel
 
El cadáver de Gardel sería encontrado boca abajo y atrapado por las válvulas de uno de los motores del avión. Su identificación sería casi inmediata al encontrarse un pañuelo con sus iniciales, una cadena de oro sin reloj, una pulsera con su nombre y domicilio -Jean Jaurés 735- y un objeto que luego sería víctima de una interminable discordia: el documento que le indicaba como nacido en Tacuarembó, Uruguay (ver más detalles en “El pequeño Gardel”). Junto al cantor se encontrarían unos soberanos de oro y casi intactas, las partituras originales del tango “Cuesta Abajo”.
 
En Cali, donde debía realizar sus últimas actuaciones en suelo colombiano, una multitud esperaba el arribo del cantor. Ya desde la noche anterior se habían instalado carpas alrededor del aeródromo Guabito del Valle de Cauca, donde debía aterrizar la aeronave de la SACO. Hacia las 15 hs. la ansiedad de la congregación reunida puede más que las medidas de seguridad dispuestas alrededor de la pista: el campo de aterrizaje es invadido por un público que no puede esperar. Pocos minutos después la noticia del accidente llega a Cali, ante la incredulidad de todos. La noticia comenzó a circular como reguero de pólvora.
 
Cuando el rumor dio paso a la verificación, el estupor y el silencio reinante en el aeródromo comenzó a dar paso a las lamentaciones y a verdaderas muestras de histeria colectiva. Arturo Ramirez, empresario encargado del teatro Jorge Isaacs donde Gardel debía cantar, comienza a devolver el costo de las entradas. Muchos no irán a reclamarla, aún en estado de shock.
 
En Medellín, ubicados los cuerpos dentro de ataúdes donados por la municipalidad, la procesión comenzó su peregrinaje hasta el hospital San Vicente de Paul, donde serían identificados en forma oficial. Por encargo de la Paramount, los restos de Gardel serían guardados en un ataúd diferente. Una misa en la basílica de La Candelaria sería celebrada al día siguiente en memoria de los muertos, partiendo luego el séquito rumbo al cementerio de San Pedro. El ataúd del cantor será llevado a hombro por una compañía de teatro que se hallaba trabajando en la ciudad, siendo escoltados por una multitud que había salido a la calle en forma espontánea ante el paso de la caravana. Gardel sería enterrado cerca de la tumba del novelista colombiano Jorge Isaacs.
 
Fuente: www.gardelbiografia.com.ar

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