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fraile aldao

Cuando los curas hacían la guerra

Un relato pormenorizado de la vida y de la muerte del general José Félix Aldao, con el trasfondo de las guerras de independencia y las contiendas civiles que comprometieron a nuestra nación, de las que fue un apasionado protagonista. La historia de un fraile cuya leyenda negra nació de un libro que sobre su gesta escribió Domingo Faustino Sarmiento, quien estuvo a punto de morir a manos de las tropas de Aldao, en la batalla del Pilar.
Por Omar Lopez Mato*


Cuidadosamente habrán de enterrar mi cuerpo corrupto, muy cerca del altar mayor, lugar que merezco más allá de mis pecados porque he sido su gobernador, su general, el mismo que ha sustentado por años el poder absoluto, y así habrán de despedirme, con el debido respeto a mi investidura y a los servicios que he prestado a la Patria, amortajado con el sayo dominico, luciendo las condecoraciones que supe merecer.”

El 19 de enero de 1845 muere en la ciudad de Mendoza, después de una penosa enfermedad, el fraile José Félix Aldao, general de la Nación, oficial del Ejército de los Andes, héroe de las guerras de la independencia y dos veces gobernador de la provincia de Mendoza.

Curiosamente, pocos lo recuerdan y su retrato no se encuentra entre los de los gobernadores de la provincia a pesar de haber sido pintando por Carlos Morel y Fernando García del Molino, dos de los artistas más célebres de su tiempo.

El ostracismo histórico del fraile comienza con el libro que Sarmiento escribió sobre su gesta, texto que alimenta su leyenda negra. El sanjuanino por poco pierde la vida en la batalla del Pilar a manos de las tropas de Aldao. Menos suerte tuvo su amigo Narciso Laprida, eternizado en el Poema conjetural de Jorge L. Borges.

Sarmiento nos entrega la figura de un cura apóstata, mujeriego, alcohólico y violento, distorsionado por las pasiones de la política como lo había hecho tiempo antes con Facundo.

“Me plegué al escuadrón de granaderos que comandaba mi hermano José vistiendo una sotana con sable al cinto. La tropa contemplaba extrañada esta figura marcial. ¿Era acaso otro cura como el fraile Beltrán, recientemente nombrado capitán de artillería por el mismo general San Martín? Nos encaminamos hacia Guardia Vieja en silencio… Una vez listos para el ataque, les caímos encima como una tormenta de verano. Treinta sables sembraron muerte y desolación entre los godos que a toda costa pretendían escapar. No pude atemperar la furia que brotaba de mi pecho. Enajenado, arremetí blandiendo el sable que tenía al cinto. Una y otra vez caía mi espada sobre el enemigo que miraba atónito esta imagen fantasmal descargando sablazos a diestra y siniestra. Una y otra vez caía mi espada salpicando de sangre mi sotana blanca. Espantado por mi obra, detuve mi caballo y contemplé el campo sembrado de muertos. Miré largamente mis manos ensangrentadas, mi sotana manchada. Ni siquiera atiné a apearme para auxiliar a los moribundos con los últimos sacramentos. Yo no era quién para bendecir o perdonar a nadie.”

La figura del fraile quedó huérfana de soporte ideológico. Los unitarios rechazaron a este enemigo que los persiguió, los declaró insanos para expropiar sus bienes y pegó con brea sobre sus cabezas las cintillas punzó que debían lucir. Para la Iglesia, este apóstata violento y pasional era impresentable por más que volvió a abrazar los hábitos cuando poco le quedaba para presentarse ante el Creador. A los revisionistas les es incómoda la armónica convivencia de este cura disoluto con Rosas, quien envió a su cuñado, el doctor Rivera, para asistirlo en sus últimos momentos. ¿Cómo justificar la presencia de Aldao en los ejércitos que enarbolaban la bandera de “Religión o muerte”? ¿Cómo explicar la tolerancia de Rosas a este apóstata y su reacción intempestiva ante el romance de Camila y Ladislao?

No, al fraile era mejor olvidarlo, aun a expensas de obviar su gesta sanmartiniana, cuando dirigió a los insurgentes peruanos con la misma inclemencia que mostraría en la guerra entre hermanos.

“Vean, sinvergüenzas, les grité señalando el fuego con mi sable ensangrentado, eso es lo que les espera. Miren lo que están haciendo los godos con sus pueblos. Allá está Ricafort, el mismo que ultimó a cien de sus hermanos de sangre en Cangallo. Allá están los Carratalá y los Canteráz, que vejarán a sus esposas, quemarán sus casas, robarán sus cosechas y asesinarán a sus hijos. Allá está el godo Madrid, ‘el corta orejas’, que mutila a sus prisioneros sin asco ni misericordia. Allá están los godos violando a sus hijas, arriando sus ganados, quemando sus cultivos, destruyendo todo lo que han logrado en vida, y aquí estamos los que vinimos a darles libertad, esa libertad que no merecen por miserables. Nacieron esclavos y morirán esclavos si no piensan defender su honra. ¡Cobardes! Si no van a pelear por lo que les pertenece, mueran como ratas inmundas que son…”

El fraile quedó sumergido en un limbo histórico cargando con el pecado de sobrellevar las culpas por justicias sumarias que no fue el único en ejecutar. Lavalle, Paz, Lamadrid y Deheza ordenaron fusilamientos arbitrarios que la historia oficial ha pretendido diluir cuando no ocultar. Nuestras guerras civiles fueron el ejercicio perfecto de la ley del talión. A Aldao le atribuyen la matanza del Pilar, a la que asiste, según la versión sarmientina, en estado de ebriedad (circunstancia que varios investigadores han desmentido). Su leyenda negra se hizo carne y hoy todos la repiten, no por cierta sino por escandalosa.

“Me abalancé sobre el cuerpo sin vida de mi hermano, que aún estaba caliente. ¿Quién lo mató?, grité desesperado. Tomé de la solapa a un oficial unitario que me miraba espantado. Algo dice sobre una traición, una bala de cañón, de borrachos, ¿de qué me hablás, desgraciado? Ustedes son traidores y a los traidores sólo les espera la muerte. Mi furia era una tormenta de pasiones, no había fuerza capaz de contenerme. Arrojé al piso al oficial y de un solo movimiento lo atravesé con mi espada. ¡Cobarde!, grité con asco, mientras se revolvía en el suelo destripado como un cerdo. ¡Me los fusilan a todos sin demora y a ese mal parido lo degüellan aquí mismo! Mi hermano Tomás sostuvo a Villanueva de su chaqueta, facón en mano, listo para cumplir mis órdenes, pero Villanueva se resistió e intentó alejarse. Tomás le descerrajó un puntazo que cayó sobre la cabeza de Villanueva mientras huía; el hombre comenzó a correr bañado en sangre, pero de un salto me interpuse en su camino. Me miró con ojos de horror. “No te vas a escapar”, rugí en su cara mientras preparaba mi lanza para el golpe y, sin apartar mis ojos de su mirada, lo atravesé como un suspiro. El hombre se quedó tieso suspendido del asta que sostenía entre mis manos. Debí parecerle el mismísimo demonio...

”El Pilar se convirtió en una orgía de sangre y venganza. Abrí las puertas del infierno y Satanás gobernó a mis hombres. Pronto comenzaron a brillar los facones que cortaban los cuellos de los prisioneros arrancando alaridos ahogados por la sangre que caía a borbotones, mientras los verdugos se reían al verlos bailar la macabra danza de la Refalosa.”

Durante nuestras guerras civiles la retaliación fue la norma y el fraile Aldao, que quizás en otra época hubiese sido un cura de esos que echan panza y cada tanto caen en los pecados de la carne, se convirtió en un ángel vengador y como tal subsiste en la literatura, en el texto de Sarmiento y en los versos de Borges. Aldao fue segundo de Quiroga en la lucha contra Paz. Después de Oncativo cayó prisionero del Manco, que lo trató con respeto, quizá valorando su condición de guerrero de la independencia. Sin embargo, lo expuso como un trofeo y así lo paseó por la ciudad de Córdoba. “La gente me señalaba mientras un sordo murmullo seguía mis pasos. De a poco se arremolinó una multitud para verme como a un animal de circo, como a una criatura extraña, una bestia cautiva. Mientras me dirigían a la plaza mayor, se escuchó bien clara la voz de un hombre que gritó: ‘Desgraciado, has cubierto de luto a tu patria’. Frené al animal y me di vuelta con violencia. Busqué entre la multitud quién había pronunciado la afrenta, pero el muy cobarde se escondía sin dar la cara. Así cualquiera se hace el valiente. Entonces, en voz bien alta para que todos me escuchasen, retruqué con furia: ‘Y también le he dado días de gloria’. Todos callaron. Nadie contestó, sólo me miraron en silencio, sabían que era cierto lo que decía. En esos ojos adiviné una rara mezcla de miedo y respeto al fraile Aldao, el flagelo de los realistas, la peste de los godos. Sí, les había dado muchos días de gloria y no hay muchos en esta nación que puedan decir lo mismo. Erguido y en silencio, continué mi camino hacia el Cabildo, donde fui confinado a una oscura y miserable celda.” Nada ha quedado del fraile, apenas un vago recuerdo de sus campañas en Chile y Perú, y de la conquista del desierto junto a Rosas. El fraile está enterrado en la memoria de los hombres. Ni sus restos han quedado porque, como general, gobernador y fraile dominico, le cabía ser inhumado en la Iglesia Matriz de Mendoza, y allí permaneció hasta su derrumbe, en 1868. Entonces se pierde todo rastro terrenal del cura guerrero.

“El general Aldao murió a las seis de la tarde del día 19 de enero de 1845. Su cuerpo fue lavado según los ritos cristianos por las mujeres ancianas de la casa. Con estopa, agua y jabón frotaron sus partes y limpiaron la sangre que, persistente, salía del tumor. Después lo amortajaron con el hábito de los dominicos utilizando el sayo de un padre muerto con olor a santidad que hacía tiempo la orden tenía reservado para una oportunidad como ésta. Este hábito redentor habría de ayudar al fraile en su ingreso al reino de los cielos, asistido a su vez por el cordón seráfico de San Francisco y el escapulario mercedario que lucía sobre el pecho. No había que dejar ninguna posibilidad librada al azar ni mezquinar medios para asegurar la salvación del señor gobernador. Sobre el ataúd, depositaron sus insignias militares, la bandera y su sable tal como se lo había pedido al Dr. Rivera. Un chasqui partió urgente hacia Buenos Aires portando la luctuosa noticia al gobernador porteño. A todo lo largo del país se le rindieron respetos a este héroe de la Independencia y paladín de la causa federal, en tanto que los diarios de Santiago, Montevideo y Sucre le dedicaron largos artículos donde comentaban su vida disipada, sus arbitrariedades, su alcoholismo y su violencia.

”Nadie recordaba otro entierro más solemne en la provincia. Los personajes más prominentes de Mendoza desfilaron junto a sus familias enlutadas para rendirle esta última pleitesía al hombre que por veinte años había sustentado un poder omnímodo. Los que estaban eran gracias a él, y los que habían partido, también.”

En cada uno de nosotros está la salvación o la condena eterna, nos dice Dostoievski, y el fraile con sus días de gloria y sus arranques de furia, con su coraje y su lujuria, se convirtió en la perfecta unión del cielo y el infierno.

*Oftalmólogo e historiador. Extraído de su libro Días de gloria. Vida y muerte del fraile Aldao.
 

Fuente: 

 

Diario Perfil 10/1/2010

Informacion Adicional: 

Bibliografía:
Omar López Mato - Días de gloria. Vida y muerte del fraile Aldao - Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 2009.
Miguel Rivera - Pasión y muerte del Fraile Aldao - Editorial Americana - Buenos Aires, 1958

 

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