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El día en que México derrotó a un imperio

La Batalla de Puebla -el 5 de mayo de 1862- es uno de los capítulos más épicos de la historia mexicana.

Imagine por un momento: inicio de la segunda década del siglo XXI. Los chinos comienzan a ponerse nerviosos con la situación económica que atraviesa Estados Unidos -donde el sueño de recuperación que llegó con Barack Obama se ha convertido en poco menos que una pesadilla- y deciden reclamar el pago sin dilación de la deuda de algo más de $1 billón -sí, leyó bien, un millón de millones- que Washington tiene con Pekín.

Hu Jintao -el presidente chino- llama a la Casa Blanca.

Casa Blanca, buenas noches... no, Barack no está, ¿quién le llama? Ah, señor Jintao, buenas noches, es Michelle, no, Barry no está, salió un momento, sí con Bo para... bueno, usted sabe, para que el perrito haga sus necesidades, es que estas niñas no lo sacan, ya se les pasó la fiebre. ¿Usted tiene perro señor Jintao?, ¿No...? entiendo. ¿Cómo dice? ¿Que le urge que mi esposo lo llame? Sí señor Jintao, como no, se lo digo. ¿Quiere que le dé algún mensaje? Sí, claro... ¿Que qué? ¿Cómo va a ser? ¿Que le urge que le salde lo que le debemos? Caramba señor Jintao, no sabía de esa deuda, Barry nunca me había dicho nada...

Michelle mira por la ventana. A la distancia su esposo juega con Bo...

¿Que ya lo ha llamado varias veces y mister president no le devuelve la llamada?... Dios mío señor Jintao, me sorprende, se le habrá pasado, pero se lo digo tan pronto vuelva, Y perdone, pero... ¿cuánto se le debe? ¡¿Qué?!, ¡¿Tanto?! ¡Dios mío señor Jintao, eso es una barbaridad! It is really a lot of money, oh my goodness... ¿Qué? Por favor, señor Jintao, no se ponga así, no es necesario que lo tome de esa manera, por favor. ¿Cómo? ¡Por favor, no puede ser! ¿Que si no le mandamos un cheque mañana nos va a invadir? Bueno señor Jintao, si lo quiere resolver así... cuelgo ahora mismo y llamo al Pentágono... what the hell!!!, arranquen que aquí los esperamos.

Todo por otra deuda...

Guardando las debidas distancias, hace justamente siglo y medio, por estos días, otra historia -esta sí real- con el mismo fondo -una deuda- se desarrollaba entre México y Francia para convertirse en uno de los capítulos más épicos en la historia del primero, con un lugar de honor en el calendario de sus fiestas patrias: la Batalla de Puebla, el 5 de mayo de 1862.

Si bien es cierto que el 16 de septiembre es para muchos la fecha nacional suprema por haber sido ese el día -en 1810- cuando se inició la lucha que culminó con la independencia de México del dominio español, el episodio de hace 150 años contra el ejército galo tiene una relevancia muy singular por haber sido la primera ocasión en que las fuerzas mexicanas derrotaron a una potencia extranjera.

Si bien es cierto que las brechas son enormes -Estados Unidos, México... China, Francia- la batalla que cumple años el jueves próximo tuvo su detonante en una causa similar al que hipotéticamente seguiría a la hipotética charla telefónica de Michelle Obama y Hu Jintao: una deuda. No tan descomunalmente inmensa como la que tiene hipotecada con los chinos la paz estadounidense, pero sí de gran envergadura para la época.

Es cierto: la historia la escriben los vencedores y escrito está que la célebre Batalla de Puebla tiene un libreto que comenzó a escribirse unos años antes, cuando Benito Juárez se convirtió en presidente de México.

Como suele suceder -es la historia que se repite- Juárez se encontró con un país en crisis, con unas finanzas deterioradas y una deuda externa en indomable crecimiento, con España, Inglaterra y Francia como acreedores principales.

Mientras intentaba gobernar al país literalmente a salto de mata, acosado por los enemigos que cultivó durante la Guerra de Reforma y que lo obligaron a convertirse en un presidente errante, con estaciones en Guanajuato, Colima, Guadalajara y Manzanillo, Juárez pronto tuvo que enfrentar los reclamos que desde el otro lado del Atlántico exigían el pago de varios compromisos heredados -dice la historia- por el mandatario cuando asumió el poder.

Las gestiones de cobro del trío europeo fueron subiendo de tono, hasta que al presidente no le quedó otra alternativa que pedir al Congreso que promulgara una ley que declarase la suspensión del pago por dos años de la deuda externa debido -simple y llanamente- a que el país estaba en bancarrota.

No es difícil imaginar la reacción de españoles, ingleses y franceses, que sin demora se reunieron en Londres en octubre de 1861 y acordaron hacerse a la mar para orquestar una intervención militar en México.

Los ibéricos fueron los primeros en llegar -en diciembre de ese mismo año- y los ejércitos de los otros dos países lo hicieron en enero de 1862, todos por el puerto de Veracruz, en el Golfo.

Plan de pagos

Si bien las intenciones de España e Inglaterra no eran otras que las de cobrar su dinero e irse, los franceses -con Napoleón III en el trono- albergaban un plan más retorcido que incluía, no solo el cobro de la deuda con unos intereses leoninos, sino también asumir el control absoluto de las aduanas mexicanas, intervenir en el manejo de las finanzas del país y-por si esto fuera poco- ¡imponer un gobierno monárquico en México!, como estrategia para pulsear de tú a tú con los Estados Unidos.

Las habilidades negociadoras de Juárez lograron que españoles e ingleses comprendieran que si México no pagaba era porque en realidad no podía, y solidarios con las espinosas circunstancias que el presidente enfrentaba, convinieron romper su alianza de cobro con Francia y aceptar un plan de pagos de incierta estructura, pero que tuvo la virtud de tranquilizarlos para abandonar el país sin más trámite que desear a Juárez la mejor de las suertes para resolver la situación con los galos.

En su marcha desde Veracruz hacia la Ciudad de México para tomar posesión del gobierno, el ejército francés vio truncadas sus expectativas de un trayecto triunfal arropado con la bienvenida del ala conservadora mexicana -el clero incluido- debido a que las políticas liberales de Juárez habían erosionado seriamente sus intereses.

La ciudad de Puebla probó ser una aduana infranqueable para los soldados franceses que enfrentaron a las fuerzas mexicanas comandadas por el general Ignacio Zaragoza.

Dicen los historiadores que a las 11 y cuarto de la mañana del 5 de mayo de 1862 un cañonazo -no se sabe a ciencia cierta de quién- marcó el inicio de la batalla entre desiguales fuerzas, con unos galos más experimentados y mejor equipados.

Alrededor de seis horas más tarde el crepúsculo acompañó al ejército francés en retirada en lo que -aseguran- fue la primera derrota que encajaron las fuerzas napoleónicas contra un adversario de menor jerarquía.

Si bien es cierto que ese triunfo mexicano no representó el fin del acoso galo -Napoleón insistió en su empeño y logró imponer a Maximiliano de Habsburgo como emperador de un imperio que culminó en 1867, cuando el propio Juárez ordenó su fusilamiento- la archifamosa Batalla de Puebla se convirtió así en un referente patrio que es celebrado no solo en México, sino en todos los rincones del mundo donde algún mexicano cuenta sus nostalgias.

por Mario Alegre Barrios
 

Fuente: 

El Nuevo Día 1/5/2011

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