Inolvidable
El 25 de enero de 1978 se producía la hazaña más grande en la historia del f...
En estos días bicentenarios, las reflexiones se cruzan, a veces desde una acuciosa actualidad que no encuentra la perspectiva para prender en la raíz histórica, en ocasiones desde la mirada hacia los constructores de nuestra América y su dramático destino.
Francisco de Miranda, el precursor de la emancipación, entregado a sus enemigos por Simón Bolívar, terminó su vida abandonado y miserable en un calabozo español. Bolívar, a su vez, murió a los 47 años, a la una de la tarde del 17 de diciembre de 1830, mientras marchaba hacia obligado exilio, en Santa Marta, en la quinta de San Pedro Alejandrino, donde se reunieran días pasados el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y su par venezolano, Hugo Chávez. Mariano Moreno, "el numen de la revolución argentina que propagó la doctrina de la democracia", como dice Mitre, "murió expatriado en la soledad de los mares". Sucre cayó traicioneramente asesinado cuando, después de conquistar las palmas de Ayacucho, sólo pretendía disfrutar de su familia. Nuestro Artigas, derrotado militarmente en 1820, terminó hundido en la selva paraguaya durante treinta interminables años, en que rumió su soledad adoleciendo del fracaso del federalismo republicano que desde los Estados Unidos de América había querido trasladar a las Provincias Unidas del Río de la Plata. La lista podría continuar. Pongámosle punto final en San Martín, voluntariamente alejado de su patria para no sufrir la sangría de las guerras de "familia" y pese a ello repudiado cuando intentó el retorno.
En su hermosa biografía del "soldado argentino y héroe americano", John Lynch recuerda ese episodio, cuando en febrero de 1829 San Martín regresó. Pensaba recalar primero en Montevideo, a fin de interiorizarse mejor de los acontecimientos en Buenos Aires y -si las circunstancias lo ameritaban- quedarse a vivir en su patria en un total silencio. Uruguay estaba organizándose, luego de que la Convención Preliminar de Paz, suscripta en agosto de 1828 entre Buenos Aires y Río de Janeiro, reconociera la independencia del "Estado de Montevideo". Administrado por un gobernador provisorio, su Asamblea General Legislativa y Constituyente redactaba por entonces el primer texto constitucional del novel Estado, al que bautizó como "República Oriental del Uruguay". El primer gobernador provisorio fue el general José Rondeau, elegido como neutral entre Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja, los dos caudillos orientales que dirimían supremacías con vistas a la futura presidencia del país.
El hecho es que el barco en que viajaba San Martín no se detuvo en Montevideo y, al llegar a Buenos Aires, el general se encontró con una recepción muy poco amistosa, entre indiferente y hostil, hasta con carteles de cuestionamiento. Sea por la sobrevivencia de viejos rencores, envidias o temores, el hecho es que hubo de retornar entonces a Montevideo, donde, relata Lynch, "los dirigentes del país aplaudieron su buen juicio al distanciarse de los dos partidos en disputa en Buenos Aires, el ejército organizó desfiles en su honor, la prensa le trató con respeto, las damas de la alta sociedad le agasajaron, la opinión pública le veía como un héroe popular y sus amigos se apiñaban a su alrededor. Un libertador tan célebre estaba condenado a llamar la atención". El juez decano, Benito Llambí, le ofreció una fiesta en donde no faltaron ni Lavalleja ni Rondeau ni Joaquín Suárez ni Gabriel Antonio Pereira ni nadie que fuera algo. Rivera estaba en Durazno, en campaña, y mandó al general Pozzolo en su nombre a expresar su respeto. Se me hace grato evocar este último recuerdo rioplatense de San Martín, que lo vincula a Montevideo con una nota final de benevolencia entre tantas amarguras. En nuestra ciudad nombró apoderados para cuidar sus bienes y retornó a Europa: "Qué quiere que le diga", le escribió a su amigo Guido, "que estoy bueno, que estoy aburrido y que siento los males de nuestra Patria estoica".
Así terminó su periplo rioplatense el héroe de la Argentina y libertador de Chile y Perú. Su legado, sin embargo, está vivo, aunque todavía el anacronismo asalte sobre su biografía. Hay quienes saludan su liberalismo, su respeto a los derechos de indios, negros y pobres, pero vituperan su tendencia monárquica, que se explica en su época, porque su pasión era la independencia y su terror, la anarquía. Llegó acá coronel español a emprender la aventura de una lucha por la independencia americana, a la que signó con la audacia de aventuras como el cruce de los Andes, la dignidad y el desprendimiento en el ejercicio del poder, la honradez de su conducta y un profundo sentido democrático. Cuando él pensó en la monarquía su modelo era Inglaterra; por eso podía no ser republicano pero sí profundamente demócrata.
El otro gran Libertador, el del Norte, vivía de otra manera. Lo que en San Martín era sobriedad en Bolívar era extroversión, para hablar, para escribir, para filosofar. Aristócrata de nacimiento, su concepción, sin embargo, fue siempre republicana, por un enorme apego a la libertad y la igualdad, pero no tan democrática en el gobierno por un acendrado centralismo que le llevó hasta proponer una presidencia vitalicia. Mucho más político que San Martín, transigía con caudillos y realidades sociales. Su ambición carecía de límites, geográficos y temporales, bien distinta a la de San Martín, siempre pronto a limitar su ímpetu personal. Si el legado sanmartiniano es más moral, el de Bolívar es más político. Ambos comparten, sin embargo, la gloria de una independencia forjada con impulso épico, el heroísmo del sacrificio personal y la construcción de patrias que soñaron dignas.
El propio Bolívar escribió que "para juzgar de las revoluciones y de sus actores, es menester observarlos muy de cerca y juzgarlos muy de lejos". Por eso, las conmemoraciones de hoy han de ser, ante todo, una ventana de altura y dignidad para mirar a nuestras naciones y un fuerte llamado a prevenirnos del uso bastardo de estas figuras homéricas a las que tantas veces, con grosera explotación política, se les quiere hacer decir lo que nunca dijeron o representar lo que nunca representaron.
por Julio María Sanguinetti
Diario La Nación 1/9/2010
Relatos olvidados: a 152 años de la muerte del Libertador - San Martín en el exilio - 18/8/2002
A los padecimientos de salud durante su destierro voluntario, se agregaron las dificultades de la repatriación treinta años después de su deceso.
Fue el martes 13 de agosto de 1850. El viejo general estaba de pie en la playa frente al Canal de la Mancha junto a su hija Mercedes. Al mar lo avistó brumoso porque, en parte, la operación de cataratas había fracasado. El famoso oftalmólogo Sichel acababa de prohibirle leer -una de sus pasiones- y esa limitación quebró la proverbial firmeza del Libertador. De pronto tuvo un sacudimiento interior y aseguran que se llevó la mano al corazón a la vez que le dijo -en francés- a Mercedes. "Es la tempestad que lleva al puerto". Debió apurar el regreso a la casa de Grand Rue 105 de Boulogne-sur-Mer en medio de desgarros estomacales.
Entre los ataques y breves remansos de los días siguientes, seguramente recordó aquel 23 de abril de 1824 cuando con Mercedes -entonces de apenas 7 años y medio y embarcados en Le Bayonais- arribaron a El Havre. Tenía 46 años y la esperanza de ser en Francia un exiliado voluntario. Pero apenas le revisaron el equipaje le secuestraron sus papeles y fue rechazado. Once días después fue autorizado a embarcarse en el Lady Willington hacia Southampton (le devolverían sus papeles a bordo). Empezaba un exilio autoimpuesto, pero complicado.
Todo un peregrino
En más de un cuarto de siglo desde entonces, su cuerpo de guerrero se agitó con viajes, mudanzas, enfermedades y desazones. Después de veintidós años como guerrero saludable en España más una década triunfal en América, lo demás sería a costa de no pocas enfermedades. Hay referencias de un primer ataque prematuro y casi mortal con ahogos y vómitos de sangre que lo alejaron del Ejército del Norte. Sus médicos diagnosticaron asma bronquial y úlcera de duodeno, por lo que descansó en Saldán, Córdoba. Sus males continuaron a lo largo de toda la vida. Padeció úlcera gástrica, fístula anal, temblores de mano, tifus y fiebres repentinas. Los dolores punzantes de reumatismo y gota son los que lo sometieron al uso constante de opio.
Pero esta vez presintió la muerte inminente aunque quizá no imaginó que el sábado siguiente sería el último de su vida. Había escrito de puño y letra el tercero y último testamento, en el que precisó el deseo de que su corazón reposara en Buenos Aires. También determinó que no hubiera funerales ni responsos, sino que lo llevaran directamente a su tumba (de lo que podría deducirse que el estricto deseo era que sólo su corazón reposara en Buenos Aires).
No hubiera podido imaginar, claro, que serían contrariados sus deseos. Mucho menos que sólo treinta años después partiría hacia Buenos Aires desde el mismo Le Havre donde había sido rechazado como exiliado voluntario.
Cuando llegó a instalarse en Boulogne-sur-Mer, el 16 de mayo de 1848, aún no se había operado de cataratas. Tampoco había abandonado la idea de un retorno a Buenos Aires tras vender la casa de Grand Bourg donde nació su segunda nieta. En realidad lo que quiso fue poner a su familia lejos de la París convulsionada y revolucionaria. Vivió primero en un hotel y luego se hospedó en la casa del abogado Alfredo A. Gerard, a cargo de la Biblioteca de Boulogne. En 1849 vendió Grand Bourg y sólo recuperó parte de la visión con la cirugía que le practicaron en París. Tampoco fue satisfactorio el restablecimiento pretendido en las termas a las que acudía frecuentemente y desde donde había regresado el 6 de julio. Ya entonces debió ser ayudado al bajar del carruaje.
El mal arrecia
El jueves 15 de agosto, el ataque de dos días antes en la playa retornó con mayor sacudimiento. Se agravó y lo atendió el doctor Jordán. Sin embargo, el sábado 17 parecía otro cuando lo visitó el representante de Chile, su amigo Javier Rosales, pero la recuperación duró poco. Pidió pasar al dormitorio de Mercedes para que allí le leyera los diarios. A las 14 fue el último ataque y poco después el susurro final que el Libertador destinó a su hija. Murió a las 15. Estaban también sus dos nietas, su yerno Mariano Balcarce, el médico Jordán y Rosales, su amigo chileno que precisó la escena inmediata: "Un crucifijo estaba colocado sobre su pecho; otro en una mesa entre dos velas que ardían al lado de su lecho de muerte. Dos hermanas de caridad rezaban".
San Martín fue embalsamado en los dos días siguientes y se le superpusieron dos ataúdes de plomo, luego uno de abeto y finalmente un cuarto de encina. El doctor Felix Frías, que había llegado el mismo 17 de París para visitarlo, testimonió las honras fúnebres: "El 20, a las 6 de la mañana, el carro fúnebre recibió el féretro y fue acompañado en el tránsito silencioso por un modesto cortejo. Detrás iba Rosales, encargado de Negocios de Chile. Marchaban enseguida don Francisco Guerrico, un joven de Buenos Aires, hijo de su hermano Manuel, el doctor Gerard y Saguier, ambos vecinos de Boulogne".
La cripta de Notre Dame
El cortejo se detuvo en la iglesia de San Nicolás y allí recibió un responso para continuar hasta la catedral Notre Dame de Boulogne, aún en construcción y en cuya cripta fue colocado el féretro -por cesión del abate Haffreingue- y permaneció once años cubierto con el estandarte de Pizarro. Curiosamente, muy cerca de la catedral lucía la columna erigida a Napoleón por haber concebido allí el proyecto de invadir Gran Bretaña Mucho había viajado San Martín durante su exilio, más allá del intento de retorno a Buenos Aires en 1829, cuando permaneció tres meses en Montevideo. Había vivido en el 23 Park Road NW de Londres, en la Rue de la Financée de Bruselas, además de en la Rue de la Provence y también en la Rue Saint George 35 -casa propia- de París. Se había hospedado en el hotel de la Piazza della Minerva 69, en Roma (en febrero de 1846). Recorrió Livorno, Florencia, Nápoles y Civita Vecchia. Además de Bruselas, había estado en La Haya, en Amberes, viajado por Escocia y conocido Tolón, Marsella y Normandía. Pero todavía le restaban varios viajes antes de reposar definitivamente en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires.
De todos los planes y comisiones formadas para repatriar a San Martín hasta la decisión del presidente Nicolás Avellaneda, que sería la definitiva, el fracaso de las gestiones se debieron a la tenaz decisión de su hija por retenerlo en Francia. Mercedes adoró a su padre y jamás quiso separarse (juntos se enfermaron de cólera en mayo de 1832 y los atendió el doctor Mariano Balcarce, que desposó a Mercedes siete meses después). La resistencia de esta hija a que su padre reposara en Buenos Aires quedó consignada en una carta publicada por La Nacion un mes después de la muerte de Mercedes (el 1º de abril de 1875, firmada por "un suscriptor" domiciliado en Córdoba 541) y también se leyó parecido argumento en la revista francesa Correo de Ultramar, edición del 1º de mayo de 1880, apenas días después de que el féretro del Libertador partió para Buenos Aires.
Viaje final
Pero el cuerpo embalsamado de San Martín aún viajó a Brunoy, cerca de París, porque se lo colocó en la bóveda de la familia Balcarce. Sucedió el 21 de noviembre de 1861, un año y medio después de que allí fuera enterrada María Mercedes, la queridísima nieta del general, muerta a los 26 años. Su madre Mercedes la acompañó el 28 de febrero de 1875.
A los vaivenes de la repatriación impulsados desde 1860 -que hasta incluyó la reserva de un lote en la Recoleta- siguieron las indecisiones de dónde colocar el mausoleo dentro de la Catedral porteña. En abril de 1880 se montó el gran operativo y el féretro debió ser llevado a París desde donde se fletó un tren especial que partió de la estación Saint Lazare hacia Le Havre. Más allá de todos los homenajes y discursos, se lo embarcó el 21 de abril de 1880 en el transporte Villarino, flamante y de casco inglés (el único civil de a bordo fue Ernesto Quesada, que escribió las crónicas de La Nación ).
Hubo dilaciones en Buenos Aires para el recibimiento porque faltaban detalles del mausoleo y el Villarino atracó el 17 de mayo en Montevideo. Allí se desembarcó el féretro para un funeral, el 21. Se lo reembarcó el 24, pero recién el 28 estuvo a la vista de Buenos Aires. Se mandó a El Talita, pequeña embarcación de la Marina que los ingleses le habían regalado a Sarmiento. El Talita arrastró un bote con los despojos del general hasta el muelle de Catalinas donde, precisamente, lo recibió Sarmiento. El presidente Avellaneda lo hizo en plaza San Martín. Una muchedumbre lo acompañó por Florida. En la Catedral, debió esperar en una cripta de canónigos. El 28 de agosto se lo colocó en el mausoleo, pero inclinado, porque no se calculó el tamaño. Se habilitó al público el 1º de octubre de ese año. Toda una increíble historia de agregados, reclamos por limpieza del lugar y tipo de custodia dieron poco descanso al vencedor de los Andes. Pero desde el invierno de 1999, el lugar resplandece como José de San Martín lo merece.
Por Francisco N. Juárez
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