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Atentados contra presidentes argentinos

Julio A. Roca, José Figueroa Alcorta y Manuel Quitana

Los siguientes son tres artículos publicados en La Nación, en el año 2002, sobre los atentados que sufrieron los presidentes Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta y Julio A. Roca.

 

7/4/02
Relatos olvidados: magnicidios frustrados (I)
El atentado contra Manuel Quintana
 

En 1905, un anarquista catalán de 23 años le disparó al presidente argentino al paso de su carruaje por plaza San Martín, pero afortunadamente el arma falló
Ese viernes 11 de agosto de 1905 amaneció frío, plomizo y tormentoso. Al día siguiente se festejaba en el templo de Santo Domingo el 99º aniversario de la Reconquista conseguida bajo la lluvia.
En ese mismo viernes 11, Justa Baudriz -desde los altos de Santa Fe 790- se fastidió al ver los nubarrones que coronaban la plaza San Martín. Rogó para que no lloviera a las 14, hora de la cita en la calle Artes 1245 (hoy Carlos Pellegrini). Allí la anfitriona sería Susana Rodríguez Viana de Quintana -nada menos que la primera dama de la República-, que reunía al comité de beneficencia para erigir un digno correccional de mujeres: Leonor Tezanos Pinto de Uriburu, Teodolina Fernández de Alvear, Enriqueta Lezica de Dorrego y Teodolina Alvear de Lezica, además de Justa Baudriz. La hora del encuentro coincidía con la diaria llegada del carruaje oficial en busca del presidente Quintana.
Inconfundible por su altura, cabellos y barba blancos, el doctor Manuel Quintana cruzaba la vereda, pisaba el estribo y se apoltronaba junto al edecán de turno dentro de la cupé carrozada. El cochero Adolfo Piñol azuzaba a los percherones y el lacayo Juan Forrestiel adoptaba pose militar. Doblaban por Arenales hasta la plaza San Martín y por su flanco oblicuo llegaban a Florida. Por esa calle alcanzaban Rivadavia y por fin la Plaza de Mayo.
La escena había sido cronometrada por el joven tipógrafo Salvador Enrique José Planas y Virella, así bautizado el 12 de febrero de 1882 -8 días después de nacido- en la parroquia de los Santos Bartolomé y Tecla de Sitges, casi frente al mar y a 30 kilómetros de Barcelona. Fue el penúltimo de siete hermanos, pero el más iracundo. La bronca no le daba tregua esa mañana, cuarto día que faltaba a la imprenta de Alsina 1016. Siguió durmiendo en el altillo de Viamonte 1367 cuando su hermano Andrés salió para la imprenta de M. Lionel Mortlock, en Reconquista 90, donde era "minervista" (operaba máquinas Minerva).
A Salvador se lo creía un lector infatigable -amaba a Cervantes y leía en francés-, se rodeaba de libros y folletos libertarios, y fue elegido tesorero de la Sociedad de Resistencia de Artes Gráficas. Se reconocía como anarquista y, además, sucumbía enamorado (ella se llamaba Josefa Yáñez). Pero la chica y los padres se horrorizaron de sus ideas ácratas. Ella rompió el noviazgo y lo plantó.
De España huyó de la hambruna hogareña, pero el paraíso de Buenos Aires apenas le redituaba 90 pesos por mes y 75 a su hermano. Despachaban 50 a Barcelona, donde se mudó la familia, pero no les alcanzaba: Pedro Planas, el padre, enfermó y quedó ciego para desolación de Francisca Virella, la madre de larga prole.
Gran pasado, poca salud
El doctor Manuel Quintana cumpliría el 19 de octubre 70 años. Lo mejor había quedado en el pasado, incluida la buena salud. Su sabiduría en derecho internacional privado, en la cátedra de la Universidad de Buenos Aires y en diplomacia, y su prestigio como locuaz diputado y senador resultaban algo más halagador que ser ministro del Interior, como lo fue sólo dos meses, de Luis Sáenz Peña.
Era sobrino nieto de Hilarión de la Quintana -que intimó la rendición a Beresford en nombre de Liniers- y tío de Eladio de la Quintana. Eladio, su padre, nació el año que invadieron los ingleses.
A Manolo le transfirió la banda presidencial Julio A. Roca el 12 de octubre de 1904. Cuatro meses después debió sofocar la revuelta radical (4 de febrero de 1905) y no pocos atentados anarquistas. Entonces, el estratego policial Antonio Ballvé le advirtió protegerse de peligros en ciernes.
A primera hora de la mañana del 11 de agosto, mientras Justa Baudriz se retiró de la ventana, Manuel Quintana en su casa confirmaba a algunos asesores que aún no era momento para la amnistía política. A la vez estaba harto de la deuda externa y despotricó por la resistencia de los banqueros a que los tenedores del empréstito argentino que reconocen la conversión operen o retiren el 6 por ciento. Simultáneamente, y a ocho cuadras y media de la residencia de Quintana, Salvador Planas y Virella saltó de la cama y pensó que ése era el día para matar al presidente.
Este anarquista había rondado -repetidamente- los movimientos frente a la casona de la calle Artes y siguió, por varios días y de a tramos, el recorrido del carruaje presidencial. Pero esa mañana se miró en el espejo y en una foto posada durante el entierro del poeta Jacinto Verdaguer en el cementerio de Montjuich, poco antes de partir a "hacer la América". No era fácil. La buhardilla de la calle Viamonte, de 1,50 de altura, que lo obligaba a vivir agachado, la alquiló a 10 pesos, pero le aumentaron la mensualidad a 15. El dinero nunca alcanzaba.
La foto y el espejo le mostraron sus inmensos mostachos y la cabellera larga. De volver a la ronda, cualquiera lo reconocería. Se vistió, salió y caminó hasta Montevideo 652, a la vuelta. Se echó en el articulado sillón de la peluquería de Augusto Corradini de la que era abonado y ordenó "un recorte y vuéleme el bigote". Rasurado, de sombrero oscuro y sobretodo gris, caminó con sus botines negros hasta Montevideo y Cuyo (hoy Sarmiento). Compró bananas y naranjas que comió camino de la casona presidencial con una Smith Weson de 9 milímetros en el chaleco y una edición microscópica de El Quijote de la Mancha en un bolsillo. Llegó, observó y siguió por Arenales hasta la plaza y esperó -calle por medio- frente a la estatua de Falucho (Muy cerca, la familia Baudriz apuró el almuerzo para que Justa llegara a tiempo a su cita.) Salvador volvió a vigilar la casa del presidente desde la esquina de Juncal: la cupé ya aguardaba a Quintana. Salvador se alzó la solapa, fue a la plaza y esperó. Eran las 14 y 10 cuando la cupé repitió el ritual hacia la Casa Rosada y comenzó "la garúa", precisaron las crónicas del atentado.
El carruaje se asomó a la plaza por Arenales. María Baudriz, que volvió a la ventana para saber si llovía, y Justa -ya retrasada- necesitaría un paraguas, vio súbitamente a un hombre que desde la plaza saltaba al pavimento con una pistola en mano. Corría al carruaje presidencial y apuntaba a la ventanilla. Sucedió como un relámpago. Quintana preguntó qué pasaba y su edecán, el capitán de fragata José Donato Alvarez, lo cubrió con el cuerpo y dijo: "Nada, absolutamente nada, presidente". Luego se largó del carruaje en marcha, resbaló -por la llovizna sobre los adoquines de madera- y cayó. Los dos disparos habían fallado y desde el victoria policial -que trotaba detrás guiado por el cochero moreno y agente de investigaciones Antonio Mallato- provino el auxilio apropiado. Su pasajero, el subcomisario Felipe J. Pereyra, ayudado por Mallato, se lanzó sobre el atacante. Redujeron al catalán y lo treparon a un coche de alquiler rumbo al Departamento Central. Allí lo fotografiaron LA NACION y la revista PBT. Pronto sería condenado y enclaustrado en la cárcel de Las Heras, desde donde soñaría fugarse.
Cuando el edecán Donato Alvarez había caído al pavimento, el presidente apretó la bomba de goma y el silbato estremeció al cochero Piñol que detuvo el carruaje a la vez que el lacayo Forrestiel se lanzó desde el pescante. Pero el edecán subió nuevamente, le dijo al presidente "acaba de salvarse de un atentado", y ordenó desaparecer de la escena sacudidos por el arranque de los caballos y al tiempo que Justa Baudriz ya corría bajo su paraguas a la cita con la primera dama.
Que el presidente no estaba en su día se demostró cuando la cupé (carruaje que se conserva en el Museo de Luján) se abrió paso por Florida: en el cruce con Tucumán "un caballo costaló"-o cayó de costado, como abrevió la crónica- arrastrando al otro pingo al piso. Rápidamente el edecán detuvo a otra victoria de alquiler, trepó con el presidente y siguieron -con el asustado cochero- hasta la Casa de Gobierno para culminar un día agitado, de investigación, salutaciones y mucho telégrafo.
Fue Justa Baudriz la que tranquilizó a la primera dama. Llevó la primicia del relato de su hermana, captado desde la ventana mientras ella ya salía para la cita. En la Casa Rosada, Quintana, acalorado entre saludos, recibió los de Antonio Ballvé, a quien el presidente reconoció como acertada la advertencia que le hizo un año atrás. Pero sólo fue un susto.
Por Francisco N. Juárez
Para LA NACION

14/4/02
Relatos olvidados: magnicidios frustrados (II)
El atentado contra Figueroa Alcorta y la gran fuga
 

Al sucesor del presidente Manuel Quintana se le colocó una bomba, que no estalló, dos años antes de que un anarquista asesinara al jefe de la policía Ramón Falcón
El presidente Manuel Quintana soportó estoicamente las emociones del atentado contra su vida bajo la tenue llovizna del 11 de agosto de 1905. Salvó la vida por la mala calidad de las balas que usó el anarquista catalán Salvador E. J. Planas y Virella, pero podría repetirse: el entonces secretario general de la policía de Buenos Aires, Antonio Ballvé, se lo había advertido tiempo antes. Hacia fines de ese año la salud de Quintana declinó y se instaló en la quinta de los Mihanovich en Belgrano, pueblo ya anexado a la Capital Federal. Mucho lo afectó la enfermedad de su amigo Mitre, al que visitó en la calle San Martín, y la inmediata muerte del hombre de espada y pluma lo alojó en un cuadro depresivo: Quintana murió el 12 de marzo de 1906 y asumió su vicepresidente, José Figueroa Alcorta.
Los caprichos del devenir hicieron que cuatro años después muriera Antonio Ballvé, para entonces director de la Penitenciaría Nacional y el funcionario que más había advertido de los posibles atentados anarquistas. El entierro de Ballvé fue el 14 de noviembre de 1909 en Cementerio Norte o de Recoleta adonde, entre otras autoridades acudió el jefe de Policía de Buenos Aires nombrado por Quintana, el coronel Ramón Falcón. Fue acompañado de su secretario privado Alberto Juan Lartigau y ambos fueron atacados con un explosivo durante el trayecto de regreso en el carruaje que usaba habitualmente, un mylord -tan desprotegido como un mateo palermitano-, guiado por el cochero Isidoro Ferrari. A las 12.15, el mylord giró desde la avenida Quintana por Callao hacia el Sur. Allí aguardaba el anarquista ruso, mecánico y de 19 años, Simón Radowitzky, que corrió junto al carruaje y arrojó la bomba a los pies de Lartigau. El explosivo mutiló a Falcón y al secretario, que murieron horas después (el cochero apenas recibió heridas). Radowitzky fue condenado y pasó a la cárcel de Las Heras. El presidente José Figueroa Alcorta decretó el estado de sitio y recordó irritado el atentado -sin consecuencias- que se intentó contra su propia persona veintidós meses antes.
Para entonces también caía una pertinaz llovizna. Ese 28 de enero de 1908, a las seis y media de la tarde, en la puerta de Tucumán 848 -el domicilio del presidente Figueroa Alcorta- permanecía en custodia el oficial inspector José González, de la comisaría tercera, porque las amenazas persistían. Pocos días antes, un supuesto obsequio recibido para Josefa Boquet Roldán de Figueroa Alcorta trajo la nueva alarma: una canasta de frutas que escondía una bomba con torpe mecanismo de reloj. Por fallas, no detonó. Pero a pesar de la vigilia de los custodios, esta vez nadie sospechó del joven que esa tarde tórrida y casi lluviosa se protegía del mal tiempo en el zaguán contiguo (Tucumán 842). Simulaba esperar el tranvía.
La bomba salteña
De pronto, del carruaje que trajo al presidente por Rivadavia, Florida y finalmente Tucumán, bajó Figueroa Alcorta. El joven del zaguán arrojó a sus pies un envoltorio humeante que el presidente intentó alejar con un pie hasta que la custodia empujó al primer magistrado dentro del portal. El lacayo Juan Casanova -que avistó la fuga del terrorista- gritó desde el pescante: "¡Atajenló!", mientras otros arrojaban baldes de agua sobre el envoltorio de la bomba fallida. El oficial inspector de la comisaría 3ra. Luis Ayala, de recorrida por la zona, detuvo a punta de pistola al salteño Francisco Solano Rojas o Reggis, de 21 años, soltero, "mosaiquista", que tenía cierta confusión ideológica porque se proclamaba comunista y anarquista a la vez. También terminó condenado por 20 años en la cárcel de Las Heras.
Figueroa Alcorta (1860-1931), que había gobernado Córdoba y por acefalía completó el período que debió haber cumplido Manuel Quintana, presidió los grandes festejos del Centenario y manejó una ponderada administración en lo económico. Fue embajador en España y, finalmente, miembro de la Corte Suprema de Justicia. Nunca olvidó los atentados de aquellos años.
Tampoco el ataque a Quintana de agosto de 1905 fue el primero destinado a un presidente argentino. En agosto (pero el 22) de 1873, en la esquina de Maipú y Corrientes, un marinero italiano de La Boca y de 22 años intentó matar a Domingo Faustino Sarmiento. Viajaba en el carruaje presidencial hacia la casa de Dalmacio Vélez Sarsfield cuando Francisco Guerri -que así se llamaba el atacante- le disparó con un trabuco excesivamente cargado de pólvora: le estalló en la mano (la investigación por dar con los instigadores fue casi novelesca y llegó a los flancos del caudillo entrerriano López Jordán). El mes que homenajea al gran Augusto resultó más fatídico para al presidente uruguayo Juan Idiarte Borda, ya que el 25 de agosto de 1897, a la salida de una ceremonia religiosa, fue asesinado por un tipógrafo de apellido Arredondo.
El túnel del tiempo
Finalmente, a las 13.30 del viernes de Reyes Magos de 1911 el todavía no tan populoso pero sí apacible Palermo perdió esta última característica por la escandalosa fuga de trece presidiarios de la cárcel de Las Heras a través de un corto túnel. Es que entre los evadidos estaban los condenados por los ataques a Quintana y a Figueroa Alcorta, y ellos centraron la atención de los diarios de la época. El estrecho foso había sido pacientemente cavado por convictos no peligrosos del pabellón 8 desde el frondoso jardín interior sobre Juncal, a pasos de Salguero. Lo horadado pasó por debajo del escaso cimiento del muro -apenas 60 centímetros- que circunvalaba todo el predio de pabellones por las calles Las Heras, Coronel Díaz, Salguero y Juncal. El boquete sobre Juncal resultó ubicado entre las altas garitas 4 y 5, esta última en la esquina con Salguero y donde cumplía guardia el soldado del 1º de Infantería Francisco Gastín, que dio -tardíamente- la alarma. Sobre Juncal, al muro lo seguía un espacio de yuyales hasta la verja. En el torreón mayor vigilaba un soldado voluntario (Galachi), hijo de un carrero, que fue severamente sospechado y sumariado.
Es que un carro se detuvo a la altura del túnel y arrojó ropa para once personas. Pero eran trece los que treparon con agilidad las verjas y fugaron vestidos de civil, menos dos que debieron correr con el uniforme carcelario. Este dato hace sospechar que el plan inicial era sólo para once reclusos. El penado 334 Salvador Planas y Virella (condenado hasta el 29 de abril de 1917) que atacó a Quintana, y el 335, Francisco Solano Rojas o Reggis (que atentó contra Figueroa Alcorta y hubiera salido el 8 de marzo de 1929) se agregaron a la fuga a último momento.
¿Cómo llegaron a ese sector vedado para ellos y con un portal convenientemente cerrado de por medio? Una reconstrucción de pocos días después pareció demostrar que el presidiario 506, José Antonio Salazar, que no se evadió, preparó la ganzúa que Planas y Rojas usaron a último momento para llegar a la espesura del jardín. Había un tercer complotado en este empalme de agregados al plan y era nada menos que Simón Radowitzky. Pero poco antes de la hora combinada fue llevado a trabajar a la imprenta de la cárcel (versión del alcalde de la prisión a los periodistas capitalinos). Críticas de todo orden se descargaron contra las autoridades carcelarias. Su desprestigio creció y por lo menos dos presidiarios fueron baleados por guardias en los meses siguientes. También se dispuso -ese mismo año- el traslado de Radowitzky a la prisión de Ushuaia, desde donde fugó -embarcado en un cúter- el 7 de noviembre de 1918. Pero fue capturado a los 23 días.
De los evadidos de 1911, la saga logró atrapar -hasta fines de marzo- a dos de ellos. Los presidiarios José Luis Denillo y Carlos Martínez fueron localizados y retornados a la cárcel de Las Heras. Salvador Planas y Virella seguía su fuga en la esperanza de algún día encontrarse con Josefa, la novia que lo rechazó por ácrata. Después de todo, a los 29 años, cualquier propuesta suele ser un gran desafío, sin sospechar, claro, que el amor puede transformarse en una ilusión inatrapable.
Por Francisco N. Juárez
Para LA NACION

29/7/02 Relatos olvidados: magnicidios frustrados
Los dos atentados contra Julio Roca
Un adoquín arrojado a la cabeza del presidente y un balazo disparado por un chico de 15 años pusieron en riesgo su vida
 

Los 16 senadores y 41 diputados en asamblea legislativa inauguraban ese lunes 10 de mayo el período de sesiones de 1886. Esperaban, desde las 14.30, la llegada del presidente de la República, Julio A. Roca, en el último año de su primera presidencia. Cierta agitación bullía en las calles ya que no todas las simpatías se destinaban al ex comandante de la Campaña del Desierto. Aun así, las azoteas y balcones estaban colmados desde la Casa de Gobierno hasta la Bolsa, el Correo, la Aduana y los altos de Escalada.
Roca terminó el almuerzo, alzó las cuartillas de su discurso y cruzó a pie hasta el viejo congreso de Balcarce y Bolívar (hoy conservado dentro de un edificio mayor). A las 15, irrumpió la banda del 1º de Infantería al mando del coronel Donovan y los acordes llegaron al recinto donde todo el mundo se aprestó a recibir al presidente, pero no llegó. Se interrumpieron los acordes marciales -también se escuchó un vidrio al romperse- y se formaron alarmados corrillos que presagiaban el naufragio de la asamblea. Roca y su comitiva de ministros habían cruzado a pie entre la doble fila de tropa, pero la marcha se interrumpió. Habían atentado contra Roca que, con una herida sangrante en la cabeza, fue llevado a la secretaría de la Cámara. El portero Miguel Torralba lo esperaba con una palangana con agua y varios paños.
Mano de piedra
¿Qué había pasado?, preguntaron diputados, senadores, periodistas parlamentarios y el público de los palcos. Un individuo había logrado acercarse a la comitiva y descargó su mano derecha con un adoquín sobre la cabeza de Roca, golpe que casi desvaneció al presidente y no pudo ser evitado por el doctor Carlos Pellegrini que caminaba inmediatamente detrás. Pero Pellegrini tomó al agresor y lo acogotó con el brazo derecho a la vez que David Argüello le tiraba de los cabellos y el general Levalle corría a ordenar al coronel Donovan: desplegarse como en batalla. La multitud elegante y apiñada corría y saltaba las barreras como en una competencia de vallas.
Los militares que acompañaban a Roca desenvainaron sus espadas y uno amenazó y parece que lastimó al atrapado que rogó: "mátenme". Un oficial -según La Nación del 11 de mayo- gritó "que lo envasen con la espada", exceso que casi cumple un coronel exasperado. Pero el propio Pellegrini ordenó la calma, aunque no pudo impedir -en la vereda de Balcarce- los trompis sobre el criminal. "¡No lo maten!", gritó desde el balcón de la casa paterna Vicente L. Casares.
El comisario Cernadas esposó finalmente a Ignacio Monge, el atacante. Se creyó que padecía de epilepsia intelectual impulsiva y más tarde se supo que durante un desfile de fiestas mayas se agitó severamente, se abrazó a un árbol y gritó: "¡Viva la Patria!". Hacia la noche se le confiscó un baúl en la vivienda de un doctor Mantilla donde se hospedaba y le encontraron libros espiritistas. La pesquisa reclutó seis detenidos más y uno de ellos, Eusebio Aguiar, almorzó con Monge en una fonda de Chile y Perú poco antes del atentado y fue preso. A Roca le ataron su pañuelo a la cabeza (en un tiempo exhibido con su mancha en el Museo Histórico Nacional), se repuso y leyó su discurso. Monge confesó querer liberar al país de un tirano y la investigación tomó peregrinos rumbos: se discutía si la herida la produjo un adoquín o el ladrillo inglés que la policía encontró ensangrentado y remitió al doctor Miguel Puiggari, distinguido catedrático en Química por 35 años y decano de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas de Buenos Aires (también se le pidió un dictamen del atentado a Sarmiento).
Segundo atentado
Tomás tenía 15 años y sed magnicida. Era el tercer hijo del carrero italiano José Sambrice y de la también peninsular Mariana C. de Sambrice. Vivían con precariedad familiar en General Hornos 1460 de Constitución. Tomás Sambrice se propuso matar a Roca "por ser el autor de la ruina del país" y culpable -argumentaba- de las dificultades de los obreros y de la falta de trabajo, aunque en ese verano de 1891 sólo era ministro de Interior del doctor Carlos Pellegrini.
Carlos Boneto dio trabajo a Tomás hasta el 31 de diciembre de 1890 por 8 pesos mensuales en su talabartería de Artes (hoy Pellegrini) y Tucumán. Un corredor de bebidas de apellido Pini sugirió a los Sambrice que Tomás volviera al trabajo, pero en un almacén de Defensa y San Juan.
Cuando aceptó no tenía ningún plan siniestro, sino una desmesurada conducta de liderazgo en pandilla. Tanto en su casa como en el trabajo proclamó su tirria hacia el ministro del Interior y confesó que mataría al general. Por su edad y aspecto enclenque nadie le creyó. Se determinó que unos 43 chicos amigos de Sambrice conocían sus planes. Principalmente los urdía en casa de los hermanos Palacios, hijos de un distinguido profesional que, como todos los mayores, no sospechaba nada. A los demás chicos Tomás se lo susurraba en paseos a pescar en el río y a Palermo. Los más confiables supieron de la compra de un revólver Bull-dog de 9 milímetros y los seguimientos para intentar el ataque en los días previos al gran fracaso. Dicen que un hermano más chico dijo que para matarlo en el carruaje debía tirar frontalmente. Pero no fue así.
El 19 de febrero de 1891, la reunión de gabinete que debía terminarse a la hora de la siesta se extendió. Hubo comentarios por ciertas amenazas recibidas por algunos ministros, pero resultaban poco creíbles. También había inquietud militar y dudas de cómo definir el tema de los alzados en la revolución de 1890. Ignoraban, claro, que días atrás este chiquilín entregó en casa del doctor Leandro N. Alem una carta anónima firmada por "un ciudadano". El supuesto remitente culpaba de su falta de trabajo al ministro del Interior y le pedía consejo a Alem porque había resuelto matar a Roca. También exigía respuesta inmediata al mensajero. Alem creyó que se trataba de un loco o de alguna pillería y el chico fue atendido por Remigio Lupo -aquel cronista de la Campaña del Desierto- que lo interrogó: ¿Quién era el remitente? Contestó que era un hombre de Barracas y, acorralado por Lupo, confesó engañosamente: un supuesto tío Francisco que trabajaba en las tropas de Tarugo. Pero cedió un domicilio impreciso (calle General Hornos) y la cantidad de hijos que tenía (seis, es decir él y sus hermanos). Pero Alem y Lupo pensaron que se trataba de una burda locura y no hicieron denuncia alguna.
Balazo amortiguado
Ese verano, Carlos Pellegrini viajaba diariamente en tren a su descanso estival en Adrogué. Pero ese 19 de febrero decidió quedarse en Buenos Aires y caminar tras la reunión de gabinete. A las 18.30, Roca y Gregorio Soler treparon frente a la Casa de Gobierno a un victoria y su trote los llevó por 25 de Mayo hacia el Norte. El ruido de los cascos sobre el empedrado no impidió escuchar el tiro cuando llegaron a Cangallo. "Creo que me hirieron", dijo Roca al tiempo que se escucharon corridas y voces de estupor. El disparo perforó el panel trasero del carruaje, pero el balazo se amortiguó entre un resorte del mullido respaldo sobre el que se apoyaba el ministro (rodado hoy exhibido, con la perforación del balazo reparada pero visible, en el complejo museológico de Luján). Sin saberlo, Roca tuvo sólo una magulladura en la columna, pero detuvo el carruaje, bajó y corrió en dirección contraria desenvainando su estoque mientras Soler cargaba su arma, que no usaría. Roca llegó jadeante hasta el chico sujetado por un hombre extranjero. Cuando notó que era un imberbe le preguntó indignado: "¿Quién ordenó esto?" Las crónicas difieren. Pero se sabe que Roca bastoneó al chico brevemente Y Soler lo habría tomado del cuello. La noticia se propagó como un relámpago y alcanzó al presidente Pellegrini de a pie por Florida, que corrió hasta la comisaría donde interrogaban a Sambrice pensando que el atentado -que no respondía a complot alguno- se sumaba a la inquietud militar (el general Manuel J. Campos pidió ese mismo día la baja) y había que decretar el estado de sitio. En casa de Roca, el doctor Güemes determinó que la herida era superficial y la servidumbre preparó refrescos: desde el presidente hacia abajo una multitud invadió la casa. Sólo desafinó provocativamente el estudiante de cuarto año de medicina Juan Leuttary que, asomado al zaguán de Roca, preguntó por la salud del ministro. Al enterarse del fracaso del atentado había exclamado: "¡Qué lástima!" y se puso en fuga. En Tucumán y Reconquista fue alcanzado y marchó preso a la comisaría donde el chico Tomás Sambrice se quebró y lloraba sin consuelo.
Por Francisco N. Juárez
Para LA NACION

 

Fuente: 

Diario La Nación de abril y julio de 2002

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