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La biblioteca de Hitler

Hitler pasó a la Historia por quemar libros, más que por coleccionarlos. Su biblioteca se dispersó, pero mil doscientos títulos se conservaron en la Biblioteca de Congreso del edificio Thomas Jefferson de Washington.

«Las personas creyentes dicen que la hora más oscura es la que precede al alba». Esta frase del escocés Thomas Carlyle en su biografía de Federico el Grande debió sobrevolar la torturada mente de Hitler los días del Hundimiento. El 11 de marzo de 1945, Goebbels le regaló el libro de Carlyle. El autor de «Los héroes» parecía apropiado para aquel momento decisivo: «Así, debemos aspirar a ofrecer un ejemplo para nuestro tiempo -dijo Hitler-, de modo que las generaciones futuras, al encontrarse en situaciones parecidas de crisis y presión, puedan mirarnos a nosotros así como ahora nosotros contemplamos a los héroes de nuestra historia».
Hitler pasó a la Historia por quemar libros, más que por coleccionarlos. Su biblioteca se dispersó, pero mil doscientos títulos se conservaron en la Biblioteca de Congreso del edificio Thomas Jefferson de Washington. En la primavera de 2001, el historiador y periodista Timothy W. Ryback rastreó «Los libros del Gran Dictador» (Destino), inventario de las lecturas que moldearon la Weltanschauung hitleriana.
Del Quijote a Crusoe
¿Qué leía Hitler? De los clásicos, «Don Quijote» y más Shakespeare que Goethe. Entre los filósofos prefería a Fichte -contra lo que siempre se dijo-, sobre Schopenhauer y Nietzsche. En materia racista valoraba más «El judío internacional» de Henry Ford y «La muerte de la gran raza» de Madison Grant que «El Mito de Occidente» del ideólogo nazi Alfred Rosenberg, que consideraba ilegible. Y en su formación sentimental, «Robinson Crusoe» y el Oeste de Karl May. Como autodidacta, Hitler siguió los consejos de su mentor «intelectual», Dietrich Eckart, y se identificó con «Peer Gynt». En la guerra respetó siempre a Ernst Jünger: en 1926, tras el fiasco editorial de «Mein Kampf», leyó «Fuego y sangre». La tarde del 30 de abril, cuando Hitler y Eva Braun se suicidaron, el tomo de Carlyle estaba entre los 80 volúmenes que se llevó al búnker, junto a un ensayo sobre «Parsifal», una historia de la esvástica, una docena de libros de ocultismo y una edición de Carl Loog sobre «Las profecías de Nostradamus» de 1921. Loog presagiaba la aparición de «un profeta febril». Cuando Ryback palpó el deteriorado papel de aquel libro barato las hojas cortadas delataban que Hitler no pasó de la página 42.

Fuente: 

Diario ABC 22/3/2010

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