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los libros de la revolucion

La biblioteca de Mariano Moreno

A 200 años de su muerte, un recorrido por los autores y textos que formaron al ideólogo de la gesta de Mayo.

Según relata su hermano Manuel, Mariano Moreno había leído a D’Aguesseau, Montesquieu, Raynal y otros escritores franceses cuyos textos estaban disponibles en la biblioteca del canónigo Terrazas. Paul Groussac refuta en parte esta lista y agrega luego a Mably, Volney y Rousseau. La nómina suele ampliarse —sin poner cuidado alguno ni sobre las jerarquías filosóficas de los nombrados, ni sobre la importancia que a su vez pudo concederles en cada caso Moreno a la respectiva recepción— con Cicerón, Helvecio, Filangieri, Locke, Condillac y Condorcet. Ricardo Levene suele hacer hincapié, además, en las fuentes hispano indianas, en Jovellanos y en Victorian de Villava. Se trata, de todos modos, de una lista controvertida cuyas versiones nunca fueron investigadas completamente, es decir, a través de un análisis cuidadoso y metódico hecho sobre los escritos del Secretario. Llevar a cabo seriamente ese estudio —más allá de intereses eruditos y menores— podría ampliar el panorama de la formación intelectual de Moreno y de sus preferencias en el campo filosófico, para comenzar a cerrar algunas polémicas excesivamente ideologizadas que han sabido agregar fervores sobre su figura pero que no han agregado verdad.

Uno de los interrogantes que se suele plantear, por ejemplo, es sobre la lectura de Maquiavelo por parte de Moreno, recepción por motivos obvios no del todo declarada por el criollo, pero que puede confirmarse. El resto de las lecturas en la lista que acabamos de reproducir es más clásico. Jovellanos, por ejemplo, es un nombre evocado varias veces por Moreno en los artículos de la Gaceta e incluso publicado (si damos crédito a la atribución que sugiere Moreno) en ese periódico a lo largo de los catorce artículos que componen la serie de El Patriota español, desde el 5 de julio al 18 de octubre de 1810. Al final de esa serie y sin aclarar de manera definitiva el trámite por el cual esos papeles pudieron llegar a su mesa de editor, expone pruebas que según él confirmarían que los artículos son de la autoría del sabio asturiano.

La familiaridad de Moreno con Constantine de Volney —un enciclopedista de escasa magnitud, amigo de D’Holbach y Helvetius, representante del estado llano en la Asamblea francesa— es un dato muy conocido. Moreno lee y se dedica a traducir —según Groussac “admirablemente”— en épocas previas a la revolución,  Les Ruines (ou Méditations sur les Révolutions des Empires). El efecto que produce este texto en él es lo suficientemente intenso como para transcribir aquella larga cita al final del artículo de la Gaceta del 23 de octubre, adjudicándosela a quien, sin nombrar, califica de “gran filósofo” y que es copia exacta de su propia traducción del Capítulo XVI del libro de Volney. También parafrasea el escrito de Volney en aquel famoso prólogo para la edición porteña de El Contrato Social, de 1810, y son luego ciertas glosas del texto de este francés las que dieron pábulo para sospechar la mano de Moreno en la escritura del controvertido Plan revolucionario de Operaciones aparecido en el Archivo de Indias, en Sevilla.

El impacto de la literatura de Volney —un deísta ilustrado, también leído por Hegel— es probablemente efecto de su tono profético. Son textos escritos al estilo de las crónicas de viaje, dedicados a interrogarse por los motivos de la historia y que terminan subrayando la evidencia de que los hombres son los únicos responsables de sus propios infortunios sociales, todos ellos producto a su vez de la ignorancia de las leyes naturales entendidas como verdaderas leyes físicas del mundo moral. Sólo el legislador sabio, el héroe filósofo, el “hombre providencial” (ideal al que probablemente no dejan de aspirar personalmente nuestros intelectuales revolucionarios), levantará al mundo de sus ruinas.

Como Sarmiento lo hará luego evocando la sombra de Quiroga, Volney se interroga por el “enigma” y pregunta a las cenizas de los Legisladores “por qué móviles se elevan y abaten los imperios”. En prosa literaria fantástica, apela a un recurso dantesco: ante el estupor que produce en el viajero la visión de las ciudades del Medio Oriente (caldeas, persas, filisteas y fenicias) ahora demolidas, aparece un fantasma, un genio que ofrece acompañarlo en una recorrida transtemporal y revivir así la total historia de la Humanidad, desde un supuesto estado original y feliz del hombre, en armonía con la naturaleza. Así el viajero puede constatar que la decadencia tiene como único responsable al hombre mismo, porque es el hombre causa y razón de su propio infortunio.

Siguiendo con las lecturas de Moreno y nuestra sospechada nómina, es obvio que los enciclopedistas franceses fueron autores por él muy admirados y leídos. Contrariamente a lo que opina Paul Groussac, Moreno conocía e incluso había elogiado a Voltaire en un artículo precisamente titulado “Apoteosis de Voltaire” (escrito “Volter”) inédito hasta 1975, año en que Eduardo Dürnhöfer publica los Artículos que la Gazeta no llegó a publicar de Moreno, donde también aparece la “Apoteosis de Rousseau” (escrito Rosó).

También en el artículo sobre religión, nombra a Diderot y D’Alambert, luego de Montesquieu, el autor que, según Groussac, Moreno “parece ignorar” más allá de lo que pudo haber sabido a través del napolitano Filangieri. Levene desmiente a Groussac y agrega que Rousseau y Montesquieu constituyen las principales “influencias ideológicas” del primer constitucionalismo criollo, representado precisamente por Moreno y el Deán Gregorio Funes. Transcurrido el tiempo y los estudios históricos, nadie apoyaría actualmente esa opinión de Paul Groussac.

Otro autor francés que Moreno tradujo es Condorcet —también girondino, amigo de Benjamín Franklin, de Voltaire, de D’Alambert y de Turgot, integrante de la Asamblea Legislativa— en su libro póstumo Bosquejo de una pintura histórica de los progresos del espíritu humano, escrito en prisión. El marqués de Condorcet es un noble francés transformado al republicanismo y a la ideología de la Revolución, autor en 1788 (un año antes de la Revolución francesa) del libro Influencia de la revolución de América en Europa y las Reflexiones sobre la esclavitud, donde se pronuncia (en 1784) a favor de la libertad de los negros esclavos. Ha tenido entre sus manos un ejemplar de la Constitución de Filadelfia de 1787 texto que traduce y trata de completar adaptándolo a situación francesa; a esta versión en francés corresponde la posterior traducción de Moreno al español. Antes de su muerte, D’Alambert le encarga a Condorcet el final de ciertos tramos de la Enciclopedia; perseguido, Condorcet termina suicidándose en prisión en 1794. En la presentación de la traducción, Moreno se refiere a Condorcet con palabras elogiosas referidas a su convicción científica evolutiva, a su respeto por los derechos del hombre y a su talante moral que “hace desaparecer las debilidades del amor propio”.

También a otro girondino, el abate Claudio Fauchet, Moreno elogia, traduciendo una parte de un discurso. Actualmente publicado, el artículo se titula “3 de agosto de 1789” y reproduce partes de la pieza oratoria que el abate pronunciara con motivo de una conmemoración por los muertos del 14 de julio, realizada en la Iglesia de San Tiago. Moreno elogia en ese artículo a Fouchet en dos ideas de rampante modernidad, que son recurrentes en su propio pensamiento: la retractación en sentido revolucionario de un clero que no quiere seguir identificando “religión” con “Iglesia”, y la divulgación de unos derechos naturales que ya no son más concesión del César, porque los filósofos han demostrado que pertenecen a todos los hombres.

Del idioma francés tradujo también al español la Carta a los españoles americanos de Juan Pablo Viscardo y Guzmán, un jesuita peruano que, expulsado junto con su orden, publica el texto en Londres, en 1799. La Carta que Moreno traduce en los años de su etapa estudiantil en Chuquisaca es de contenido denunciativo indigenista y enuncia argumentos anticoloniales del tipo de los que lo acompañarán a lo largo de su vida política.

Las lecturas y traducciones del idioma francés no serían las únicas aventuras “transidiomáticas” de Moreno, si damos crédito a su hermano Manuel, quien relata que la muerte en el Fame lo sorprende (o no tanto) traduciendo (“del idioma inglés”) El joven Anacharsis de Jean Jacques Barthelemy, aunque convendría investigar más este dato. De ser cierto, el inglés sería así la tercera lengua que Moreno manejaba, si contamos el latín para él muy conocido, sobre todo a través de sus estudios de Teología.

Misterio en la Real Imprenta de los Niños Expósitos 
    
Le cabe a Buenos Aires, el mérito de ser la primera ciudad donde, rescatado de cualquier clandestinidad, se publica libremente El Contrato Social de Jean-Jacques Rousseau (y circula por breve tiempo también libremente) en versión castellana: se trata de la edición de la Real Imprenta Niños Expósitos que ordenara nuestro Secretario de la Junta Gubernativa, Don Mariano Moreno. Después de esta fecha de 1810, es fácil comprobar en toda Hispanoamérica la existencia de un gran ámbito de circulación de la polémica abierta por el rousseaunismo, que tanto se ocupa de las propuestas de El Contrato como de discutir las ideas pedagógicas y domésticas de Emilio, a través de una gran cantidad de periódicos y publicaciones.

Que la versión que Moreno hace imprimir en Buenos Aires en 1810 no es la versión (presuntamente londinense) que llega a Asturias en 1799 (muy atribuida a Marchena) ha sido una comprobación que hemos podido llevar a cabo, comparando los textos, en la lectura más directa. Es J. R. Spell quien le cede a Ricardo Levene la copia y es éste último quien la publica en 1958, en Buenos Aires, veinte años después de la primera edición del libro de Spell sobre la recepción del rousseaunismo.

Tanto Spell como Levene se inclinan, finalmente, por dar crédito a los dichos de Moreno relativos a que la de 1810 es sólo una reimpresión y no una traducción suya del texto. De todos modos, cuál de las otras versiones presuntamente existentes además de la de 1799 es la que Moreno mandó imprimir es una cuestión no aclarada por Moreno y que no ha podido cerrarse todavía. Para Spell se trata o de la inencontrada versión de Charleston o de alguna otra, desconocida por nosotros.

Otros historiadores se inclinan por la opinión de que Moreno efectivamente tradujo El Contrato Social para publicarlo en la Imprenta de Buenos Aires, que lo hizo porque manejaba completamente la lengua francesa y que se ocultó tras la función neutra de “editor” porque el nivel de su responsabilidad en el Estado naciente no le permitía declarar su simple afición de traductor.

Como nos encontramos, con Moreno, ante una figura histórica que sigue siendo objeto, para bien y para mal, de una corriente de interés afectivo que el tiempo no pareciera empalidecer, debemos siempre asegurarnos que esa afectividad no contamine la verdad histórica, queriendo sumar méritos a la intervención política de Moreno, en acciones que, como esta traducción no demostrada nunca fehacientemente, en definitiva no agregan virtudes a las numerosas de nuestro Secretario, y podrían ser analizadas de manera más imparcial.

Quienes afirman que la traducción publicada en Buenos Aires efectivamente pertenece al Secretario tendrían que explicar algunas cuestiones del tipo de las diferencias lexicales que se observa entre los fragmentos de El Contrato que intercala en las entregas periódicas de la Gaceta del año diez y los mismos pasajes de la versión impresa en forma de libro, correspondientes casi a los mismos meses del mismo año, cuando no es esa pauta lo habitual en Moreno, en las transcripciones de otras traducciones suyas, Les Ruines por ejemplo.

A partir de noviembre, y a la par, Moreno está produciendo lo mejor y lo más encendido de su pluma en los artículos de la Gaceta: vemos que, más allá de lo que pudiera ser un uso retórico del texto filosófico comprensible en el marco combativo del periódico, es evidente, para quien se tome el trabajo de comparar, que las decisiones de traducción no son las mismas y Moreno, si fuese cierto que en ambos casos (la Gaceta y el libro) traduce él mismo, no produce versiones idénticas de una misma fuente. ¿Podrá tratarse meramente de un error de quien está intentando repetir un texto sin más apoyo que la pura memoria?

Un orden nuevo y su filosofía 
    
Silvana Carozzi es doctora en Filosofía y docente e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario y de la Universidad Nacional del Litoral. Dirige la revista Cuadernos Filosóficos, que publica la Escuela de Filosofía de la UNR. El texto que se publica es un adelanto de su libro Pólvora y palabras. La filosofía de la Revolución: Mariano Moreno y los jacobinos en la prensa de Mayo (1810-1815), que publicará Editorial Prometeo.

En la introducción, Carozzi señala como punto de partida una idea de Tulio Halperín Donghi. “Refiriéndose al orden español del cual las colonias americanas formaban parte sustancial, en la primera mitad del siglo XIX, expresa: «puede decirse de él, como de la unidad imperial romana que no murió de su propia muerte, que fue asesinado». Cómo este asesinato fue llevado a cabo y, más especialmente, cuál fue filosóficamente el mundo conceptual desde el que ese asesinato fue justificado por una parte de sus protagonistas rioplatenses son las preguntas que inspiraron este libro”.

Abogado, periodista y político, Mariano Moreno nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778 y falleció en alta mar, cuando viajaba a Inglaterra, el 4 de marzo de 1811. Gran protagonista de los hechos que condujeron a la Revolución de Mayo, y secretario de la Primera Junta, fue el autor de la proclama del 28 de mayo de 1810, por la que la Junta anunciaba su instalación a los pueblos del interior y a los gobiernos del mundo, y convocaba a los representantes de las demás ciudades a incorporarse a la misma. Hasta su alejamiento de Buenos Aires, desarrolló una extraordinaria labor tanto en el plano político como en el cultural. Fundó y dirigió, entre otras actividades, la Gazeta de Buenos Ayres, destinada a difundir los actos y las ideas de la Primera Junta. Su vida y su obra permanecen aún abiertas a la investigación y la polémica.

 

Fuente: 

Diario La Capital (Rosario) 27/2/2011

Informacion Adicional: 

Bibliografía:
- Julio C. Navayo - Mariano Moreno, Secretario de Guerra - Editorial Cartago. Buenos Aires, 1984
- Manuel Moreno - Vida y memorias de Mariano Moreno - Eudeba. Buenos Aires, 1968
- Mariano Moreno - Representación de los hacendados y otros escritos - Emecé. Buenos Aires, 1998 
- Mariano Moreno - Plan de Operaciones - Editorial Plus Ultra

 

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