El 27 de agosto de 1920 se realizó la primera transmisión en nuestro país, desde la azotea del Teatro Coliseo. Se emitió "Parsifal", de Richard Wagner. Con el...
carlos robledo puch, en sierra chica
La sombra del ángel negro
EL prefecto del penal de Sierra Chica no quería que me fuera con las manos vacías, así que me ofreció al Loco del Martillo. No era un mal bocado. Se trataba de un asesino serial que había aterrorizado al país sorprendiendo a sus víctimas en la cama: entraba por las ventanas y les destrozaba de un golpe la cabeza. Pero yo había viajado hasta Olavarría para verme cara a cara con el mayor mito negro de la historia de la Argentina, y era muy joven, no admitía sustitutos.
El prefecto fue sincero: Carlos Eduardo Robledo Puch no había recibido a ningún periodista en trece años de encierro. A una reportera que le había escrito una carta rogándole una entrevista, le había mandado decir que sólo lo haría si le compraba un camión Scania. Yo tenía veinticinco años, era cronista policial y había leído a Soriano, que escribió en La Opinión un artículo antológico sin haber conocido al múltiple asesino. Todavía me recuerdo a mí mismo en un viejo archivo de la calle General Hornos leyendo aquellos ajados y escabrosos recortes en el que se lo veía al muchacho rubio y angelical de Olivos que inesperadamente había cometido once homicidios, diecisiete robos, una violación y una tentativa, un abuso deshonesto, dos raptos y dos hurtos, y que por una desinteligencia con su socio lo había asesinado y le había quemado con un soplete el rostro y las huellas dactilares. No se dio cuenta de que, oculta en el bolsillo trasero, el occiso guardaba su cédula de identidad: la policía hizo las conexiones obvias y detuvo a Robledo Puch. También recuerdo el día en que se escapó y hubo alarma en todo Buenos Aires, como si un monstruo hubiera roto las cadenas y anduviera vagando por las calles sediento de sangre. Lo recapturaron a las pocas horas, y en 1980 fue juzgado y condenado por el tribunal de la Sala 1a. de la Cámara de Apelaciones de San Isidro. "Esto fue un circo romano -dicen que dijo Robledo-. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos."
Cinco años después estaba confinado para siempre en una estrecha celda de aquella prisión de máxima seguridad. No quería ver a nadie y pasaba los días en el pabellón de homosexuales. Le propuse al prefecto que simuláramos una visita guiada y que me llevara hasta su calabozo. Traspusimos puertas y rejas, y nos metimos en esa galaxia fría y gris rodeada de granito y vigilada por ojos duros y armas largas. Una fortaleza dominada por un olor indescriptible. El olor de las fieras. Entramos en el pabellón señalado y caminamos por ese corredor gótico espiando por ventanucos infames a los hombres que sobrevivían a la sombra. Cada preso era una historia violenta y luctuosa. El funcionario me indicó la puerta de la verdad y ordenó que la abrieran. Vi en un relámpago cómo Robledo Puch se tiraba de la cama cucheta y se ponía en posición de firme frente a la autoridad. No era ya el muchacho pecoso, rubión y siniestramente aniñado de las fotografías. Ahora era un sujeto maduro y gastado por la desgracia. Traté de que no me temblara la mano. Me la apretó blandamente, con una inesperada condescendencia, y escuchó mis argumentos, que parecían una improvisación: "Estamos visitando la cárcel, pero me encantaría poder charlar con usted, Carlos". Robledo no tenía ningún inconveniente; me pidió que lo esperara un rato. El prefecto me llevó hasta el edificio redondo que domina la boca de los pabellones y me sugirió que aguardara a Robledo en un cuarto que era más pequeño que un ascensor. Pensé, con taquicardia, que si Robledo se daba cuenta de mis intenciones se me tiraría encima y me arrancaría los ojos. Pero tragué saliva y aguanté un rato. Repeinado y provisto de un grabador y carpetas, el tipo cerró la puerta y comenzó a hablarme a borbotones sobre Dios, las profecías, los querubines que lo habían visitado en su celda, la inocencia absoluta de todos los crímenes que se le endilgaban y la maldición que había caído sobre quienes lo habían condenado: abogados que eran arrollados por un tren, testigos que se habían suicidado, personas que eran asesinadas o morían de horribles y repentinas enfermedades, y otras pestes bíblicas. Intercalaba, en sus relatos, oraciones grabadas de pastores evangélicos que pronunciaban su sermón, y me pedía una y otra vez que tratara de comprender las entrelíneas de esas admoniciones. Pasamos cuatro horas parados, uno junto al otro, unidos por su mirada fija y escrutadora y su discurso chirriante e hipnótico.
Al final lo acompañé hasta su pabellón. Arrastraba los pies y era más pobre y andrajoso que un mendigo. Le dije tímidamente que escribiría algo acerca de todo esto. Nos despedimos. En un arrebato de torturada compasión, dejé en la entrada todo el dinero que yo traía en un sobre a su nombre. Al regresar a Buenos Aires sentí mareos, jaquecas, paranoias, miedo seco y vergüenza por tener todos esos sentimientos. Durante años sentí también una especie de telaraña pegajosa que me acompañaba y no me dejaba en paz. Fue una de las experiencias más extrañas y traumáticas de toda mi vida profesional, y volví a recordar cada detalle de esa pesadilla hace unos pocos días, mientras devoraba El Angel Negro , un libro alucinante que acaba de publicar el periodista Rodolfo Palacios.
Este experimentado escritor de no ficción, que pertenece a la nueva generación periodística, viajó decenas de veces a Sierra Chica y trabó una relación mucho más larga y honda con el hombre de la oscura leyenda. El diálogo que reproduce a través de las páginas recuerda a El silencio de los inocentes y las revelaciones que glosa no dejan de asombrar. Las escenas se suceden. Robledo escribiéndole una carta a Galtieri y haciendo todo lo posible para ser enviado a la Guerra de Malvinas. Robledo fantaseando con robar un banco y cometer el crimen perfecto, y soñando con salir en libertad y suceder a Perón: "Llamaré a los jóvenes para encabezar una revolución". Robledo Puch es ahora un neoperonista capaz de anunciar el fin del planeta a la manera de Cormac McCarthy: "Se vendrá (más rápido que despacio) una era de canibalismo? Este fenómeno se dará cuando haya desabastecimiento en las góndolas por las causas que sean. El mundo será dominado por los insectos. La guerra empezará en las cárceles, donde combatirán entre todos".
La alusión al canibalismo y los combates carcelarios es el eco irreflexivo del motín de Semana Santa de 1996, cuando un grupo de convictos tomó a 17 rehenes y mató a ocho presos. Se dice que jugaban a la pelota con la cabeza de uno de ellos y que convirtieron al otro en picadillo de empanadas. Robledo Puch corrió hasta la parroquia con su Biblia amarillenta en la mano y se encerró durante días para no ser presa de los cazadores.
Cuarenta y cinco misivas le escribió el ángel negro a su biógrafo, quien cuenta entre sobresaltos cómo un famoso neurocirujano intentó someter a Robledo a una lobotomía frontal, y cómo éste, más adelante, perdió los estribos y prendió un fuego en la carpintería de Sierra Chica: "Se puso antiparras, una frazada de capa y gritó: «¡Abran paso, soy Batman y voy a escapar volando!»". Palacios narra la escena en la que Robledo le confiesa que pretendía ganar un millón de dólares por venderle a Hollywood su gran historia. El plan consistía en seducir a Francis Ford Coppola, Quentin Tarantino o Martin Scorsese, y ser interpretado por Leonardo DiCaprio. "Cometí el pecado de reírme de su idea delirante -cuenta el cronista-. Golpeó la mesa, apretó los dientes, me miró con odio y sentenció: «Sos un ignorante, un apocado, un timorato y un pusilánime»."
Pese al horror de sus crímenes, los delirios de sus sueños y sus amenazantes cambios de humor, Palacios jamás pudo verlo como una hiena. Siempre mantuvo una mirada humanitaria y trató de comprender realmente por qué un chico común de un barrio acomodado se había transformado en un multihomicida. Sus extenuantes encuentros incluían desagradables requisas y Robledo terminó anotándolo como "amigo" y condoliéndose por su suerte. Al final de las entrevistas solía decirle al periodista esta frase significativa: "Cuidate, acá adentro es un infierno, pero afuera está peor. Mucho peor".
El trabajo de Palacios es apasionante, y toca dos puntos muy altos cuando toma conciencia de que en la Argentina nadie jamás firmará la libertad de ese psicópata, por más que apele una y otra vez y demuestre buena conducta. Y luego cuando irrumpe con su propio relato el decano de los médicos legistas, Osvaldo Raffo, que también tuvo largas tenidas con el asesino en los Tribunales de San Isidro. "No era un adversario fácil -confiesa Raffo treinta años después-. Los psicópatas son manipuladores. El pretendía jugar conmigo al gato y al ratón". Palacios le pregunta al perito: "¿Cree que si sale algún día volverá a matar?". El perito no lo duda: "¿Alguien se animaría a liberar de la jaula al león viejo porque hace mucho que no come?". Y es entonces cuando el periodista percibe que Raffo volvía de aquellos duelos verbales con dolor de cabeza, perturbado. "Descubrí que estar tanto tiempo con ese personaje, que destila maldad por todos sus poros, me había intoxicado. No era un humano. Sentía un desasosiego, algo inexplicable. Me había metido en su alma y en su mente, había bajado a los infiernos? Tenga mucho cuidado, Palacios. No sé si era su mirada penetrante, el halo maligno que lo rodeaba o algo misterioso. Pero seguramente usted va a sentir cosas raras."
Al leer ese sentimiento común que aquejó efectivamente al cronista después de aquejar al médico regresé a aquella lejana tarde de 1985 cuando yo mismo probé esa turbia gelatina del mal que lo rodeaba y que nunca pude olvidar. Los ojos de un ángel negro te persiguen para siempre.
por Jorge Fernández Díaz
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Diario La Nación 24/7/2010

Entrevista publicada en Clarín el 8 de enero de 2006
Serán sus últimas palabras, después de cuatro horas de conversación. Parado delante de una ventana, con la luz del sol formando una aureola detrás suyo, lo dice con aire profético. "Yo me compadezco de ustedes, que se van", apunta. "Hoy caminás por la calle y cualquiera te mete un plomo. Vas con tu novia, te matan y te la violan. Es terrible la violencia que hay afuera", sentencia el mayor asesino de la historia criminal argentina antes de volver a su celda del penal de Sierra Chica.
Hace casi 34 años que Carlos Eduardo Robledo Puch (53) está preso. Lo detuvieron cuando tenía 20 recién cumplidos, el 4 de febrero de 1972, luego de un viaje desquiciado de doce meses en los que asesinó a once personas, violó a una, abusó de otra, intentó hacerlo con una tercera y cometió 17 robos y dos hurtos, todo en la zona norte del conurbano bonaerense; la lista más larga de delitos imputada a una sola persona en el país. "Sólo Dios sabe si ya pagué. Mis amigos me dicen que sí, que ya está", señala.
Es el primer reportaje que concede en casi una década, el primero desde que cumplió los 30 años preso que requiere la ley para que un condenado a reclusión por tiempo indeterminado como él pida la libertad condicional. Una libertad que todavía no pidió a pesar de que, asegura, "perder la libertad es perder todo".
Robledo Puch aparece de improviso ante fotógrafo y periodista de Clarín, apenas atravesado el muro interior de la prisión de Sierra Chica. "Ahí está Carlitos", lo señala el jefe del penal. Por el patio se acerca un hombre de gorra negra con visera, anteojos oscuros de marco plateado y campera de cuero negro con corderito. El termómetro marca 28ºC.
Estrecha las manos que se le ofrecen y entra a la oficina del subjefe de Asistencia y Tratamiento. La puerta se cierra y queda a solas con Clarín. "Yo no doy entrevistas", avisa, en la primera de las contradicciones que tendrá. "Es que soy un tipo normal, como cualquiera. Aunque ¿qué es ser normal? ¿seguir la corriente como siguen todos? ¿ser un pusilánime?", pregunta.
Se sienta ante un escritorio, se saca gorra, gafas y campera. De aquel chico de rulos ingenuos sólo conserva los ojos claros y penetrantes. Tiene el cabello blanco, corto, y en la parte superior de la cabeza ya muchos pelos renunciaron. Encorvado y algo ajado, usa una musculosa blanca con agujeros y un jogging negro. Hay tatuajes en sus brazos: una cruz, un corazón que dice "Mónica" y otro sólo con ese nombre. Es justo el de la única novia que tuvo en su vida libre, pero se niega a confirmar si es por ella. "No hablo de mi vida", advierte. También dirá que no habla de su caso, de la condena que le aplicaron hace 25 años, pero lo hará.
—¿Por qué no pide salir?
—¿Y quién me devuelve mi vida? Así saliera hoy, no me devuelven los 34 años perdidos acá adentro. Años que me sirvieron a mí mismo, porque no los usé para la pelotudez como el típico preso que se embrutece. La cárcel sirve. Te echan acá y uno elige cómo vive.
—¿Pero no quiere irse?
—¿Quién no quiere irse? Pero me iré en libertad cuando corresponda, si corresponde. No tengo nada que pedir. Cuando el Estado sea más eficiente, podré salir con bombos y platillos. ¿Vieron las películas, donde el guardia viene y te dice que te vas, y salís y está tu amigo esperándote en un auto y nadie más? Pero esto es distinto. Un día un guardia me dijo: "Este es un país mediático". Fijate el caso (Omar) Chabán...
—¿Qué pasa con Chabán?
—Leí lo que se escribió sobre el caso (Cromañón, 194 muertos), lo que hay en su contra. Me quedo con mi causa y te regalo la de este hombre, porque esa es gravísima. Lo van a condenar por genocidio. No tiene defensa, porque era el dueño del circo.
—¿Y usted tiene defensa?
—Yo no me quejo de mi suerte. La prensa hizo amarillismo conmigo. Exhuman el expediente y escriben que soy un hijo de puta, que no me arrepentí... En Capital Federal a mí me sobreseyeron por el robo de un Farlaine en un garaje y el crimen del sereno, pero en provincia me imputaron el crimen de la mina que cometieron con ese auto. Esa y la otra (dos mujeres violadas, una fue asesinada)... una era una modelo ¡y la otra era un patín! Me acusaron de violarlas pero, para mi alivio, los peritos dijeron que no las violaron y no me cargaron eso.
—Sí lo condenaron por eso.
—No (golpea la mesa).
Robledo se indigna. Tal vez porque sabe que fue un cómplice quien cometió las violaciones. O tal vez porque, como confesó en una pericia después de pedir el pase al pabellón de homosexuales de Sierra Chica en 1977, nunca tuvo relaciones con mujeres.
No responde preguntas sobre sus asesinatos, pero sí habla del juicio: "Me tiraron a los leones. No hubo testigos presenciales de nada. Algún estúpido dirá que los muertos no hablan. Pero ni los testigos me reconocieron".
—¿Entonces cree que lo deberían haber absuelto?
—Yo no quiero justificarme, porque el único que justifica es Dios. En un país serio, como Estados Unidos o Alemania, te dicen que te consideran culpable, pero que no reunieron evidencia para condenarte. Condenar a una persona de por vida era común en la Edad Media, pero no hoy. Se requieren otras pruebas.
—¿Qué otras pruebas?
—De la causa en sí, yo no hablo. Pero si vamos a los hechos, el expediente mío es pura basura. Y a mí me tuvieron preso toda la vida con pura basura. Es como le dije a una médica que me hizo un examen: yo no soy Barreda (Ricardo, dentista que mató a su familia), mi apellido es Robledo. Yo respondo cuando me hacen preguntas, no quiero vender ningún paquete. Conmigo quisieron tener un Charles Manson criollo, pero para alivio mío en algunos anuarios de los diarios ni aparezco. Aparece ese hijo de puta del Petiso Orejudo, no yo.
—¿Se considera inocente?
—Conmigo no hubo una prueba, una huella. ¿Cristo fue culpable de algo? ¡Si no pecó nunca! Ahora, si lo dice Robledo Puch, es un cínico que no está arrepentido. Yo no digo que soy inocente. Soy un condenado, pero quisiera saber algún día en qué se basaron aquellos que me juzgaron. Todos los que me conocían le preguntaban a mis padres: "¿Cuándo sale Carlos?". Y ahora, si le preguntás a cualquiera en la calle, te dice: "¿No se murió ese hijo de puta? Se tiene que pudrir en la cárcel".
—¿Qué haría si saliera?
—No tengo sed de nada, no me mueve nada, ni venganza ni el arrepentimiento. No tengo la menor idea de lo que haría afuera. Nadie se acercó a proponerme nada, tampoco. En un país en serio, me hubieran dado unos pocos años preso y el propio Estado me hubiera sacado en libertad. Me hubieran dicho: "Ahora sos fulano de tal, acá tenés, andate". «8—¿Imagina cómo lo mirarían?
—Yo no soy Maradona, no quiero que me conozca nadie. A mí la fama me la hicieron, hoy soy un tristemente célebre. Si no me cago muriendo en la cárcel, quiero vivir feliz y tranquilo sin que nadie me reconozca.
Enseguida, Robledo anticipa que no permitirá que le saquen fotos. "No quiero darle el gusto a mis enemigos de que vean el paso del tiempo en mi cara", se justifica. "Como decía (Alfredo) Yabrán, sacarme una foto hoy es como pegarme un tiro".
—¿Está arrepentido?
—Hay que tratar de usar la vida lo mejor posible. A mí no me queda más que arrepentirme del mal que hice y hacer el bien hasta que me muera, para que el día de mañana me juzguen también por eso. Un día le pedí perdón a mi padre porque soy su único hijo y terminé así. El me dijo que no me preocupara, que aunque tuviera diez, uno se preocupa por el que está en desgracia. Yo me arrepiento de no haber seguido los consejos de mi padre.
—¿Cuáles?
—Mire, yo estoy pagando, estoy preso. Y quiero aclarar algo, yo nunca tuve un auto robado. ¿De donde salía el dinero para comprarlos? Bueno... A mí me dolía ver a mi padre, con su capacidad, que fuera empleado. Por esos años, '68 o '69, yo quería que se se hiciera comerciante. Fui y le dije: "Papá, esto es para vos". Y le di las llaves de un Chevy blanco. ¿Sabés qué respondió? "No, gracias, Carlos, ¿para qué lo quiero?". Le dije "vendelo, poné un comercio". Me dijo que no. ¿Sabés lo que vale un padre así?
—¿Ahí no pensó en cambiar?
—Cuando sos adolescente, sos adolescente. No soy el mismo que a los 20, aunque el hombre nunca cambia su naturaleza. Me sigo manejando como me enseñaron mis padres: valen la palabra, la responsabilidad y la puntualidad. Trabajé toda la vida: para delinquir y para robar hay que trabajar mucho. Fui desobediente, pero a mi viejo nunca dejé de escucharlo. El me decía que cuidara a mi vieja, que si no la iba a llorar... Yo nunca me fugué de acá porque se lo prometí a ella. Un día vino y yo estaba raro. Me preguntó qué me pasaba, si tenía fiebre. Hasta que dijo: "Ya sé, te querés escapar". Le respondí: "¿Cómo supiste?". Y le prometí que no iba a fugarme nunca.
—¿Se acuerda de cómo pensaba a los 20 años?
—Con la misma exitación y la misma fe que hoy, pero con menos conocimientos. Yo me eduqué para el sacrificio, me eduqué a la espartana. Jamás tuve miserables anhelos personales. Yo no niego mi pasado delictivo, no me puedo enorgullecer de él. Cuando quise dinero, fui y lo tomé. Hice muchísimo dinero, pero nunca tuve nada. Yo me arrepiento de los muchísimos errores de mi juventud. Cometí muchos errores en mi vida. Y ¿sabe una cosa? los mejores momentos de mi vida los disfruté solo.
El fútbol y las cartas
"Tengo mis dudas de que pasemos la primera ronda de este Mundial", dice Robledo, sin que se le pregunte. "No se puede seguir siempre con Crespo o Ayala. Acá tenemos que poner a los pibes".
Fanático de River, sigue al equipo siempre. "La dirigencia es un asco. Vendieron a Saviola, a Cavenaghi ¿Y qué hicieron con la plata? Yo le escribí a Aguilar (José, presidente de River) porque yo lo quería a Merlo. Y lo pusieron a Astrada. Ahora a Mostaza le doy un 10 de handicap".
—¿Usted escribe mucho?
—Me he escrito con mucha gente. Hoy no recibo más cartas de nadie. La gente fue desapareciendo de a poco. Si un pariente mío estuviera preso, le daría el beneficio de la du da. A mí sólo me venían a ver mi vieja, mi viejo y mi abuela. Y me traían excusas de otros.
por Rolando Barbano.