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JAVIER GARCIA SANCHEZ

"Puede que Lee Oswald fuera un héroe"

Javier García Sánchez rearma el puzzle del caso Kennedy con el ambicioso y vehemente ensayo 'Teoría de la conspiración'

En principio, se trataba de una novela, como la que escribiría luego su admirado Stephen King, 22/11/63, que se titularía El francés, en referencia al alias y lugar de origen del quinto y último de los presuntos tiradores de precisión. Pero el autor se encalló a las 20 páginas y lo asaltó la duda. «¿Y si me sucedía como a Don DeLillo en Libra y me equivocaba al colocar los disparos en escena?», se preguntó. Luego lo asaltó el pudor, «ya bastante novela fue todo aquello para escribir la mía». Y finalmente llegó el aluvión de novedades a raíz de 50º aniversario del asesinato en 2013 donde «la gran mentira» seguía allí y campaba a sus anchas, y con la indignación y la rabia que le provocó constatarlo tomó la ambiciosa decisión de escribir un ensayo. 
 
Así nació Teoría de la conspiración. Desconstruyendo un magnicidio: Dallas 22/11/63 (Navona), la nueva obra de Javier García Sánchez (Barcelona, 1955), más de 600 demoledoras páginas que echan por tierra la versión oficial del asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy con tanta pasión como rigor a la hora de ordenar y exponer todo lo escrito, investigado y desclasificado (a cuentagotas) del asunto, en buena parte desconocido para el lector español, que cambiaría el mapa geopolítico del siglo XX. «Me enorgullezco del tono vehemente porque una historia de sangre es necesario contarla con sangre», se justifica García Sánchez, aunque no lo necesite porque la pasión de su estilo no va en desmedro del rigor con el que rearma el gigantesco rompecabezas. «Estamos rodeados de conspiraciones, pero esta es la madre de todas ellas», dice el autor, que le dedica su trabajo al medio centenar de testigos de lo que sucedió en la plaza Dealey de Dallas el 22 de noviembre de 1963 que perdieron la vida de las formas más diversas (suicidios, accidentes de caza y automovilísticos, balas perdidas, asaltos violentos y una larga lista de etcéteras) desde entonces. «Hablo de una cincuentena de víctimas colaterales del magnicidio porque conocemos los nombres, pero pueden que sean más», aclara el autor. Entre ellos, no sólo la amante de JFK Mary Pinchot Meyer, asesinada de dos tiros en la nuca mientras hacía running unos meses después, sino hasta el inocente taxista que recoge a Lee Harvey Oswald sin prisa alguna, minutos después de las detonaciones (puede que hasta seis y no tres como dice la versión oficial) en la plaza Dealey, y muere algunos años después en un inexplicable accidente de tráfico. «Víctimas que ni siquiera se mencionan en los libros de 2013 del 50 aniversario», se indigna el autor. Como en la famosa película de Oliver Stone JFK, la diana de García Sánchez es el funesto Informe Warren, la gran tapadera institucional de la conspiración, pero el barcelonés también se desfoga con agallas disparando a autores como Norman Mailer, que décadas después continuaba defendiéndolo, alimentando la intoxicación y negando la evidencia. «El informe de la bala imposible es como narrar la II Guerra Mundial sin una sola mención del Holocausto», sintetiza con dureza. Y las evidencias que expone García Sánchez son incuestionables: el presunto loco solitario con veleidades comunistas Lee Oswald era un disciplinado marine que trabajaba para la CIA y dos semanas antes del atentado le pide órdenes por carta al agente Howard Hunt, que luego sería condenado por el escándalo del Watergate. «De hecho, Hunt confesó la operación de la CIA antes de morir, pero no sólo estuvo él en Dallas, sino hasta cinco condenados del Watergate», señala el autor, que está convencido de que «Nixon estaba enterado, sabía que JKF no saldría vivo de Dallas, porque ya lo habían intentado unos meses antes en Chicago». Por no mencionar la supuesta arma homicida, «un rifle defectuoso y descalibrado que ni los peritos se atrevieron a disparar por miedo a que les estallara en la cara». Pero quizá la prueba más contundente que recaba es la implicación del congresista Lyndon B. Johnson en el complot, cuando se reveló en el año 2000 la presencia de una huella dactilar de su hombre de confianza, el agente de la CIA Malcolm Wallace, en el supuesto lugar de tiro de Lee Oswald, un burdo montaje desde una ventana de un almacén de libros con ángulo imposible. La tesis de García Sánchez es tan conocida como sencilla y más que creíble, con centenares de pequeñas pruebas y testimonios: el magnicidio fue un golpe de estado encubierto, al servicio del lobby armamentístico y cierto sector republicano para garantizar la intervención en Vietnam y la gestión del conflicto cubano, orquestado por la CIA y ejecutado mayormente por la mafia, con la connivencia del FBI. «La pieza clave de toda la operación fue un hombre que sólo cumplía órdenes, y quizá ni supiera porqué estaba allí o creyera que debía proteger al presidente. Puede que Lee Oswald fuera un héroe», aventura el autor.
El disparo de la conspiración
 
Para García Sánchez el disparo clave del 'coup d'état' no es ninguno de los supuestamente tres (según el cuestionado 'Informe Warren') que acabaron con la vida de JFK, sino el que tuvo lugar a quemarropa, 48 horas después del magnicidio, a las puertas de la comisaría de Dallas, cuando trasladaban al chivo expiatorio de la operación orquestada por la CIA, Lee Harvey Oswald. «Con el disparo de Jack Ruby comienza toda la historia que ocultaría para siempre la verdad», dice el barcelonés. La inocencia del marine parece más que comprobada, no sólo «porque detestaba las armas y no podía darle ni a un concejo a cinco pasos según su hermano Robert», sino por el hecho de que la última llamada telefónica permitida que hizo detenido fue al oficial de Inteligencia Naval de Carolina del Norte, John Hurt, a cuyo mando respondía, solicitándole instrucciones, «cuando ya era consciente de que había caído en una gran trampa». «Fue un soldado hasta el final», dice el autor, que cita en su trabajo una imagen de la nota de la telefonista que trasfirió esa llamada aquel 23 de noviembre de 1963.
 
por Matías Néspolo
Fuente: 

Diario El Mundo 17/3/2017

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