Publicado bajo la dirección del historiador Darío Macor, Signos santafesinos en el Bicentenario relata la historia de la provincia, desde la colonia a la actualidad, en un libro de factura extraordinaria.

Una historia que recién comienza a contarse en todos los aspectos de su desarrollo. Que además empieza a verse de un modo nuevo, porque descubre un caudal notable de fotografías, mapas, afiches e ilustraciones poco o nada conocidas con anterioridad. Y que apela a la diversidad más que a una homogeneidad que nunca existió como señal de identidad. Signos santafesinos en el Bicentenario, el extraordinario libro publicado bajo la dirección del historiador Darío Macor, releva así la historia de la provincia, en una obra que reúne a especialistas de la Universidad Nacional de Rosario y de la Universidad Nacional del Litoral.
Publicado por el Ministerio de Innovación y Cultura, a través de la Secretaría de Industrias culturales, Signos santafesinos... propone un relato íntegro de la historia provincial, desde la colonia hasta la actualidad. Con casi 500 páginas y formato de enciclopedia, el libro apostó a combinar el rigor académico y el interés del lector común, en un relato que "no sacrifique en beneficio de la simplificación la riqueza de matices de nuestra historia", como dice Macor en la introducción. El libro se presentará mañana a las 18, en la sede del gobierno provincial en Rosario, Santa Fe 1950.
Profesor de la Universidad Nacional del Litoral e investigador del Conicet, Macor tuvo a su cargo la planificación de la obra, para la cual convocó a destacados historiadores. "El proyecto fue hacer una obra que concilie relevancia académica con divulgación de calidad —dice—. Teníamos, desde el punto de partida, una ventaja que ningún emprendimiento anterior tuvo y que es el nivel de consolidación de las Ciencias Sociales y especialmente la Historia en las últimas décadas. Ese saber estaba principalmente reunido en la dos Universidades Nacionales con sede en la provincia: la UNL y la UNR. Sólo se trataba de convocarlo correctamente, pluralmente, eludiendo mezquindades parroquianas".
—¿Cómo surgió el proyecto de Signos santafesinos y con qué objetivos?
—El proyecto surgió en el clima del Bicentenario, bien anticipado en realidad porque ya en los primeros meses del gobierno de Binner la cuestión del Bicentenario se presentó como un tema de la agenda del ejecutivo provincial a la que había que darle contenido. En ese marco se pensó esta obra, como una actividad más entre tantas, claro. A partir de esa idea originaria el proyecto se fue ampliando dando lugar a una trilogía de libros de similar porte, que se comenzaron a preparar en paralelo desde inicios de 2008, y a una serie editorial con el mismo título de este libro que esperamos tenga continuidad una vez completada la trilogía inicial. El primer libro de la serie sería el dedicado a la obra de Florian Paucke, Hacia allá y para acá, que se presentó en la primavera del año 2010. El segundo es este que hoy estamos presentando; y el tercero, actualmente en los últimos tramos de edición, es una cuidadosa edición de colecciones de fotografía histórica de la provincia.
—¿Cómo y según qué criterios fueron definiéndose los capítulos del libro?
—El resultado final en la organización del libro es bastante parecido al proyecto. Primero la organización en dos partes, con el primer centenario como parteaguas ordenador de la periodicidad. En la primera parte, "La construcción de la provincia", fue más sencilla la organización porque se pensó como una síntesis histórica. Así se recorre en tres capítulos el trazo grueso del proceso histórico santafesino anterior al Centenario de 1910, desde los orígenes de la Santa Fe colonial, pasando por la etapa de la Revolución y el sistema de caudillos, hasta la organización de una sociedad y estado modernos en las últimas décadas del siglo XIX y primera década del siglo XX. En la segunda parte, "Santa Fe entre dos centenarios", el trabajo se organiza en cinco capítulos que se ocupan tanto del mundo político como del desarrollo económico-social y del mundo agrario. La organización es aquí más compleja y la fuimos ajustando en los primeros meses de puesta en marcha del proyecto, en función de la diversidad temática y de los equipos que se organizaban como responsables de cada capítulo.
—¿Esa complejidad tiene que ver con la mayor cercanía en el tiempo?
—Es cierto que la complejidad de los últimos cien años de nuestro país aconseja una mirada más abierta y plural y esto ayuda a explicar la diferencia entre una y otra parte de la obra; pero mucho se explica también por el nivel de consolidación del discurso histórico cuando el objeto es anterior a 1910. Pensemos que en 1983, cuando con la transición a la democracia se recuperaron las instituciones universitarias, nuestra comunidad historiadora apenas se animaba a revisar algunos temas puntuales del siglo XX. Es entendible que aún estemos en una primera etapa cuando se trata de dar cuenta de las décadas más recientes. Por eso, la segunda parte requirió del trabajo de muchos más investigadores y en muchos casos demandó un fuerte trabajo empírico de base, porque se trataba de construir una argumentación histórica sobre un territorio poco transitado por nuestra historiografía.
—¿Qué tipo de trabajo se pidió a los especialistas que participaron en la edición?
—En cada capítulo la organización del texto está dada por un relato central, que es lo que pedíamos a los colaboradores, pensando en una obra de divulgación de calidad. Es decir, tomar lo mejor del saber universitario en cada tema y período, y esforzarse en hacerlo inteligible para un campo de lectores más amplio que el que estamos acostumbrados en el ambiente académico. La consigna era clara: no bajar un ápice el nivel, pero escribir sin el formato del paper, es decir sin notas al pie, sin referencias bibliográficas dentro del texto, sin abundantes y reiteradas citas de otros autores o documentos. Era difícil, pero estábamos convocando a investigadores con sobrado oficio. Además, un equipo de historiadores fue redactando en paralelo una cantidad de textos breves en los que se trata de explicar lo esencial de ciertos temas que se han transformado en verdaderos hitos de nuestra historia: de la rebelión de los siete jefes al Rosariazo. Por último, cada capítulo finaliza con dos o tres columnas de opinión sobre temas específicos firmadas por especialistas convocados para enriquecer la obra con multiplicidad de enfoques.
—El Bicentenario, se dice en la introducción, es uno de esos "momentos especiales en que se genera un clima singular que facilita la autorreflexión" y en que "los valores y las normas, hasta ayer aceptados como naturales, son puestos en cuestión". ¿Qué aspectos o períodos de la historia de Santa Fe serían objeto hoy de esa revisión?
—Desde la problemática que teníamos frente al Bicentenario lo que nos interesaba era poner la Santa Fe contemporánea en perspectiva histórica, con el objeto de apreciar más cualitativamente este tiempo que nos ha tocado vivir. Enfrentar el presente al espejo del pasado es un buen camino para eludir la endogamia autoindulgente del "presentismo", y relativizar la cuantiosa información que tenemos sobre la realidad actual. La convocatoria a la autorreflexión, a poner en cuestión, se hace pensando en el tiempo actual, en nuestro tiempo. No es una convocatoria como historiador a revisar el pasado para construir un nuevo discurso historiográfico, sino de un gobierno y de intelectuales de hoy a repensar la realidad que nos ha tocado iluminada por nuestra historia.
—La rivalidad política, cultural y económica entre Santa Fe y Rosario es parte del folclore provincial. ¿Hasta qué punto se constata en la historia?
—Es tan fácil de constatar esa rivalidad en la historia que sorprende, y salvo en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, cuando el crecimiento de Rosario volvió creíble la amenaza o la percepción de amenaza del traslado de la capital, es muy difícil de justificar con argumentos razonables. No es para nada un invento reciente, más bien se originó cuando con la revolución del trigo en el sur de la provincia, Rosario encontró un espacio para su desarrollo que rápidamente la transformó en la segunda ciudad del país sin que eso alterara la realidad institucional de la provincia en la que el predominio político descansaba en la ciudad de Santa Fe. Entre la justificación histórica de la capital, y la del vigor económico y social de Rosario, hay un mundo para la disputa, la desconfianza, el resentimiento.
—La introducción también destaca la importancia de "detectar y resaltar" las diferencias antes que postular una homogeneidad ficticia. ¿Cuáles serían las diferencias más relevantes en la historia provincial?
—No hablamos de diferencias en el sentido de enfrentamientos. Lo que hacemos es destacar que la sociedad santafesina es una verdadera sociedad de mezcla, construida con fragmentos de diferentes nacionalidades y pueblos que reconstituyeron su identidad colectiva aquí sin apagar del todo sus tradiciones y los localismos que portaban ellos mismos o sus padres. Por años, especialmente en torno al primer centenario, esa diversidad de la sociedad era vista como un problema. La falta de homogeneidad se percibía como un signo de debilidad nacional. Había por supuesto ahí una concepción de la nación típica de la época. Lo que nosotros decimos es que la democracia tiene en el reconocimiento de las diferencias su ADN, y en consecuencia una Argentina democrática debe revisar las ideas de nación con las que operamos a diario, mucha veces de manera inconsciente. Ideas que fueron legítimamente construidas en una Argentina temerosa frente a lo diferente en el tiempo del centenario, después fueron manipuladas por conveniencias políticas, y hoy no hay motivo que justifique su sobrevivencia entre nosotros.
por osvaldo Aguirre
Fuente:
Diario La Capital 1/7/2012
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