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muestra del paisajista

Tributo a la obra de Thays

Hasta el 6 de diciembre se exhiben, en el Centro Cultural Recoleta, fotos y bocetos de parques que proyectó.

Vista del Jardín Botánico

Solía decir que la felicidad anida más en la nobleza de un bosque que en el lujo sin verde. Por eso introdujo el savoir- faire francés en la geografía local, y con ímpetu fundacional hizo suyo el desvelo de grandeza de la generación del 80. Como el gran humanista que fue, pensó y construyó para el futuro, a partir de un arte vivo: el del jardín, que concibió para todos, sin distinción de clases, aclimatando la flora del norte y nordeste del país.

Ese es el legado de Jules Charles Thays (1849-1934), el urbanista y paisajista francés que en Buenos Aires acriolló su nombre como Cárlos (así, con la a acentuada). Para apreciar su obra basta recorrer los 70 parques de la ciudad que llevan su impronta: el parque Tres de Febrero, Centenario, Lezama, plaza Francia, Plaza de Mayo, Barrancas de Belgrano y hasta el exuberante Jardín Botánico.

Su condición de visionario se evidencia en la gran muestra que el Centro Cultural Recoleta le dedica, hasta el 6 de diciembre, con la dirección de Sonia Berjman. Más que un tributo, es una clase magistral de la prédica urbanística de Thays, que en 1900 fraguó el concepto de que las ciudades respiran por los pulmones de sus parques y de que hace a la "divina proporción" de las urbes la simetría entre espacios verdes, cemento y población.

Hacedor de belleza, Thays dotó a Buenos Aires de un arbolado urbano de 150.000 ejemplares que rotan su floración durante todo el año. Un estudiado y sincronizado arco iris vegetal a partir de interminables hileras de tipas, jacarandás, ceibos, lapachos y palos borrachos como nobles custodios de la ciudad. Noviembre en Buenos Aires es, quizá, su mejor regalo: el estruendo violáceo de los jacarandás en flor; el perfume de los jazmines en días templados; la alfombra lila de pétalos caídos y estampados en las veredas, y el bermellón furioso de la flor del ceibo. Todo "madurado" al mismo tiempo, como una antológica orquesta floral y verde.

En los 22 años que Thays fue director de Paseos cumplió con todo lo que soñó y prometió a la ciudad. Accedió al cargo en 1891 por concurso, tras esbozar un ambicioso plan maestro paisajístico. Desde que proyectó en Córdoba el parque Crisol (hoy, Sarmiento), diseñó en todo el país 100 parques y jardines públicos, 50 jardines de estancias, otros tantos en residencias y dejó su huella indeleble en las calles curvas de Palermo Chico.

Perfecta amalgama
Subyugado por la monumental escala geográfica y la biodiversidad del país, Thays introdujo el estilo mixto de jardín, que amalgama la racionalidad geométrica francesa con el pintoresquismo inglés de sinuosidades verdes, siempre acompañado por el uso del agua en esculturas, fuentes, estanques y lagos. La reformulación de la Plaza de Mayo junto al primer pulmón axial de la ciudad, el parque Centenario, engruesan su faena paisajística.

Explica Berjman de este "espíritu ilustrado e inspirado": "Fue el empleado público que cumplió con creces su labor. Además, traía consigo las especies del interior del país que luego adaptaba al inclemente clima porteño. Fruto de esos viajes es el Jardín Botánico, que, cimentado entre 1892 y 1898, se ubicaba entonces como el número uno del mundo".

A los 42 años, Thays se casó con la argentina Cora Venturini. Con su primer descendiente, Carlos León, se inició la fecunda tradición de los Thays paisajistas, que llega hasta hoy a través de sus choznos, Carlos Thays (IV) y Carlos Thays (V).

Ambientalista en el 1900, su faena se extendió a Chile, Uruguay, Perú y Brasil. Thays exportó la idea del parque nacional a Francia: inspirado en el Yellowstone, de los EE.UU, en 1900 el Gobierno le encargó un estudio de factibilidad de parque nacional, que ideó para Iguazú, aun antes de que el perito Moreno donara las leguas para la creación del Nahuel Huapi.

Como urbanista introdujo el concepto de la ciudad-jardín del inglés Ebenezer Howard, con la proyección de Palermo Chico, sus calles curvas, llenas de sorpresas. "El verde de las ciudades del país se lo debemos a él -dice Berjman-. Trabajaba para todo el mundo: hacía la plaza barrial y el parque para la elite. Bajo su tutela, el espacio público adquirió una trascendencia que no tenía. Por eso, si hoy recorriera los espacios públicos de la ciudad diría «Vamos a trabajar»."
 

Fuente: 

Diario La Nación 23/11/09

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