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Vi el cadáver de Alfredo Yabrán

Primeras horas de la tarde del 20 de mayo de 1998. En la redacción del diario Ambito Financiero aun no habíamos comenzado el trabajo diario, era temprano.  Algunos  colegas todavía no habían llegado, otros estaban cubriendo alguna nota afuera. Éramos  pocos.

Desde hacía más de una semana Alfredo Yabrán, posiblemente el hombre más poderoso de la Argentina, estaba escapando de la justicia. Policía, servicios de inteligencia y periodistas, (sobre todo de televisión) lo buscábamos  en varios puntos del país, aunque todos suponíamos  que habría  fugado  y estaría, al amparo de sus vinculaciones y de su fortuna en algún lugar seguro y tranquilo.
 
Una llamada telefónica interrumpió la amodorrada tarde de otoño en la redacción: “Se mato Yabrán en una de sus estancias de Entre Ríos”, decía una voz. No se ahora de quien fue la comunicación, pero un diario como Ambito Financiero tenía y tiene siempre alguien que sabe algo y avisa.
 
Julio Ramos, el director del diario y Roberto García, el responsable de la redacción, estaban en Italia. A cargo del diario había quedado Rubén Boggi, director del diario “La Mañana del Sur”, que Julio Ramos había comprado en Neuquén.
 
Como es de imaginar, la calma de la tarde se perdió  y cada unos de nosotros -teléfono mediante- tratábamos de obtener precisiones y abundar en información.
 
De inmediato se decidió que un equipo de periodistas viajara a Gualeguaychú. Con mucha eficiencia, la encargada de administración del diario consiguió un taxi aéreo que saldría en poco rato.
 
Viajamos tres personas: una joven periodista, Estefanía Giganti, que había estado cubriendo en Dolores, provincia de Buenos Aires, lo atinente a la investigación sobre el asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas, muerte que se atribuía a Yabrán y que había provocado la orden de su detención.  Una licenciada en Economía, Victoria Giarrizzo, que trabajaba en el área de “Finanzas” del diario, pero contaba con la ventaja de haber nacido en  Gualeguaychu,  y yo  que estaba a cargo de la sección “Información General.”
 
Cuando llegamos, se nos acercó un remisero a ofrecer sus servicios, con la esperanza de que lo contratáramos por todo el tiempo que estuviéramos en la ciudad. Nos dijo que por ser suboficial de gendarmería  sabía que el cuerpo de Yabrán había aparecido en la estancia San Ignacio, cuando la policía  de Entre Ríos lo buscaba. Como resultó interesante la oferta, quedó contratado como chofer y guía. Su primera tarea fue llevar a la joven periodista Estefanía Giganti a Larroque, el pueblo donde había nacido Yabrán y en el que vivía toda su familia. Victoria Giarrizzo  y yo nos fuimos al hospital “Centenario”  porque se suponía que el cuerpo habría de ser llevado allí y seguramente habría personal del juzgado y de la policía a quienes recabaríamos alguna información.
 
Nos atendió el director del hospital, doctor Ricardo Paiva, quien era también de Larroque y medio pariente de Alfredo Yabrán. Nos comentó que seguramente habría que hacer una autopsia, aunque dudó del lugar, porque en el hospital las instalaciones eran muy chicas y se esperaba la participación de bastante gente entre médicos, peritos, abogados, policía y miembros de la justicia.
 
La ciudad ya estaba convulsionada y los medios periodísticos la habíamos invadido. Como es normal en estos casos siempre hay alguien dispuesto a hablar, aunque sea de modo reservado. Una enfermera del hospital nos confió que el cuerpo de Yabrán sería trasladado por los bomberos hasta la clínica Co.Me.Tra. donde se haría una tomografía  y desde allí al cementerio donde se realizaría la autopsia que nos había anticipado Paiva.
 
En la puerta de la clínica había móviles de la policía y curiosos del pueblo, señal suficiente de que la enfermera no nos había señalado mal camino. Luego de una larga espera que aprovechamos para charlar con algunos vecinos y policías, comenzaron a escucharse sirenas, pero muy lejanas. Uno de los uniformados, un hombre muy joven, lloraba desconsolado y dijo: “ahí traen a Don Alfredo”.
 
La ambulancia roja de los bomberos llegó rodeada por una nube de fotógrafos y camarógrafos.
 
Entre los apretujones, en momento de bajar el cuerpo para entrar en la clínica, la camilla sobre la que había una bolsa oscura, posiblemente de lona o plástico, como las que se ven en las películas, fue golpeada contra una columna. Algunos vecinos y policías protestaron por el accidente exigiendo más cuidado para con el cuerpo del famoso y poderoso vecino. 
 
No sé cómo, pero entre los empujones  aparecí al costado de la camilla y fui literalmente entrado a la clínica, aunque naturalmente no hice ningún esfuerzo en contrario.
 
Ya frente al tomógrafo la bolsa fue tomada de sus manijas por policías y los médicos la abrieron para  subir el cuerpo en otra camilla, esta vez la que entra al tubo del aparato
 
Ahí  pude ver claramente que se trataba de Alfredo Yabrán. A pesar de la deformación de la cabeza y obviamente la casi desfiguración de la cara era Yabrán. El cartucho de la escopeta con que se había disparado dentro de la boca había provocado (me explicaron después) “un estrago de masa encefálica”. El cartucho preparado con municiones para cazar perdices y la razón de que no hubiera orificio de salida, provocó la destrucción por onda expansiva del “tronco encefálico. El cañón de la escopeta se hallaba dentro de la boca cuando se produjo el disparo, esto es que la deflagración tuvo un recorrido de solamente unos cinco centímetros hasta que provocó que la cabeza se inflara como un globo y empujara los ojos, sin llegar a sacarlos de las orbitas, era una imagen desfigurada, pero sin ninguna duda se trataba de Alfredo Yabrán. El especialista que realizó la tomografía, dijo que contó unos 30 perdigones dentro de la cavidad craneana. Recuerdo haber visto la pantalla del tomógrafo, el primero que vi en mi vida, y los puntos luminosos que después entendí que eran los perdigones, pero no los conté. Más tarde se confirmó que eran 34.
 
Una mano me tomo del brazo y así, sin saber cómo entre hasta ese lugar ni cómo ni quién me sacó, aparecí en la calle, disponiéndome como muchos a irme hasta el cementerio donde se realizaría la autopsia .
 
En la puerta del cementerio, se arremolinaba muchísima gente del vecindario y muchos otros que se habían llegado hasta el lugar en autos, bicicletas e inclusive a caballo.
 
Junto con el periodista  Daniel Pla, en ese momento trabajando para el diario Crónica, nos sentamos en el cordón de la vereda a esperar los resultados que nos dijeron tardarían entre cinco y seis horas. Aprovechamos para hacer algunas averiguaciones y supimos que Yabrán se había movido en la ciudad y entre sus estancias durante toda la semana, en una Ford “Explorer” color bordó. Uno de los policías nos contó que lo vieron cargando nafta en una estación de servicios. A pesar de ser prófugo de la justicia no parecía tomar muchos recaudos.
 
Ya en ese momento, en la vereda del cementerio, los vecinos nos preguntaban y comentaban con dudas si el muerto era el todopoderoso Alfredo Yabrán, dueño de varias estancias y negocios en Entre  Ríos y otros lugares del país y del exterior. Desde ese 20 de mayo hasta hoy, cada vez que se habla del tema aparece la pregunta constante ¿vos crees realmente que está muerto?... con la plata y el poder que tenía.
 
Por supuesto no pudimos ingresar al cementerio ni queríamos hacerlo.
 
La autopsia fue realizada por los doctores Ricardo Paiva, Jorge Miguez Iñarre, Oscar Chiapetti y Antonio Occhi y estaban presentes los abogados de la familia, la justicia y  la policía. El abogado Argibay Molina se limitó a decir en la puerta del cementerio que todo indicaba que se trataba de un suicidio.
 
La familia entrerriana quería sepultarlo en Larroque, en el panteón donde ya estaban los padres de Alfredo, pero su mujer e hijos decidieron hacerlo  en Pilar, provincia de Buenos Aires.
 
La escopeta
 
Se supo en ese momento y lo confirmaron las pericias, que Yabrán se había disparado en la boca con una escopeta calibre 12/70, cargada con un cartucho  con municiones para cazar perdices. No se trataba de una “escopeta de guerra” como publicaron algunos medios, porque no existe ninguna escopeta de guerra. El poder del arma depende de la munición que se le cargue, sea para perdices o para jabalíes o con munición gruesa y se la puede usar para combates entre personas.
 
Uno de los médicos que realizó la autopsia de Yabrán fue Oscar Chiapetti. Resultó ser conocido de nuestra compañera Victoria Giarrizzo y se invitó a desayunar con nosotros en el hotel donde nos alojamos.
 
Cómo fue
 
Ahí nos contó que fue el primer médico que entró al lugar donde había caído el cadáver. “Yabrán estaba en el baño contiguo a su habitación en la estancia San Ignacio. Se había sentado sobre la tapa del inodoro, se metió el cañón de la escopeta en la boca y disparó.
 
El cartuchazo fue muy fuerte pero las municiones no le perforaron las paredes del cráneo. La onda expansiva de la explosión provocó que la cabeza se inflara como un globo, pero no estalló”. Esa imagen es la que vi en el tomógrafo de la clínica Co.Me.Tra. Deformado, pero era Alfredo Yabrán
 
Las teorías conspirativas y una más
 
Desde que murió Yabrán existen personas que aseguran que lo vieron en alguna parte, o que saben o  suponen que está vivo, disfrazado, gozando de su fortuna y su poder. Su familia debió mudarse a Uruguay para escapar del asedio de conocidos o no, que les preguntan si Alfredo está vivo. En todo caso, todos (los que adhieren a las teorías conspirativas) dudan del suicidio y se inclinan por un asesinato
 
Poco antes de morir, Patricio Kelly me dijo que Alfredo Yabrán estaba vinculado a la logia masónica “Propaganda Due”. Se lo pregunté a un contrabandista (muy importante) que dice que conoció muy bien a Alfredo Yabrán y dijo creer que sí, pero sin seguridad.
 
El cardenal jesuita Malachi Martín, muy conocedor de la Logia “Propaganda Due” con muchos adherentes argentinos, como Massera, Viola, Cacciatore, Suarez Mason  y unos cuantos civiles, como lo fue López Rega, todos manejados por Licio Gelli, (condecorado en su momento por el presidente Perón con la orden del Libertador San Martín), escribió en su libro “Vaticano” que “para la logia masónica “Propaganda Due” el fracaso es igual a traición y pone en marcha el mecanismo del suicidio ritual, regla que debe aceptarse para ingresar a la logia. Si se cumple con el compromiso la logia se ocupa de su mujer y su familia. Si no se cumple, Propaganda Due también se ocupa de su mujer y su familia, pero “de otro modo”. El suicida, según el ritual, es acompañado por dos “Frati” (de fratello, hermano). Se dejan en los bolsillos del fracasado objetos de valor, como dinero y anillos de oro y pedazos de ladrillos como símbolo de la masonería, cerca de donde se va a cumplir el compromiso”.
 
Si Patricio Kelly o el contrabandista consultado hubieran tenido razón, el  suicidio de Yabrán tendría una lógica dentro del supuesto de que hubiera sido miembro de la P-Due, (sobre lo que no hay ninguna constancia). De cualquier manera, la especie serviría para agregar otra teoría conspirativa a la larga lista que ya hay.
 
por Héctor Rodríguez Souza
Fuente: 

Héctor Rodríguez Souza es un destacado periodista y documentalista, que cubrió muchos de los hechos que ocurrieron en Argentina en las últimas décadas. 

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